el muro que el recién elegido presidente estadounidense Donald Trump quiere construir en la frontera con México fue una de sus más estentóreas promesas electorales y, probablemente, uno de los símbolos principales utilizados para apelar al sentimiento patriótico que después desencadenó su sorprendente victoria electoral. Seguramente muchos de ustedes, y yo mismo, pensábamos, o queríamos pensar, que sus continuas apelaciones al muro no eran sino estratagemas propagandísticas que de una u otra manera iban a acabar diluyéndose una vez aferrara las riendas del poder. Lo mismo que sus veladas y no tan veladas amenazas al resto del mundo sobre sus intenciones de imponer una especie de tiranía económica y diplomática que disipara la supremacía de EEUU. Pero parece que iba en serio. Ayer mismo llegaban las primeras informaciones sobre cómo iba a articular el nuevo gobierno la ingeniería contable que permita liberar el dinero necesario para la construcción del maldito muro. “Primero lo pagaremos nosotros para que sea más rápido y luego les pasaré la factura a los mejicanos”, volvió a vociferar Trump. Lo peor es que no ha inventado nada. Son varios los muros de la vergüenza pasados (Berlín) y presentes (Melilla). Qué asquito damos a veces.
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