Disculpen mi osadía. Sé que no es plato de buen gusto llegar a esta página y encontrarse un artículo ilustrado con la imagen que aparece bajo estas letras y completado (a duras penas) con unas frases tan insignificantes. Les aseguro que no era mi intención ponerles trabas en su lectura, pero las circunstancias obligan. Tras un mes alejado de la mundanal vida del periodismo en activo, ha sido regresar a la realidad diaria y toparme con una novedad de primer orden que me ha dejado perplejo: en invierno en Álava hace un frío de aúpa. Tal cual. De impresión. Los termómetros apenas si se atreven a sobrepasar los registros negativos para sorpresa de los parroquianos de bares y cafeterías. El agua es capaz de congelarse y para salir a la calle hay que parapetarse tras bufandas, gorros, pellizas y guantes con varias capas de aislamiento, circunstancia que monopoliza las conversaciones de ascensor. Las calefacciones echan humo y para dormir hay que ocultarse tras mantas de grosores infinitos. De hecho, las temperaturas siberianas han obligado a las instituciones a emitir recomendaciones para capear las tiritonas... Es cierto que son notorios los efectos del cambio climático. Pero, por el amor de Dios, hasta la fecha, los inviernos siguen siendo inviernos.
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