Pues aquí estamos, a puntito de arrancar la última hoja del calendario de 2016. En estas horas en que las convenciones sociales nos invitan a hacer balance, miro el panorama y tengo esa sensación incómoda que te acompaña cuando tienes un día de esos aciagos en los que el universo entero parece haberse aliado en tu contra, esa sensación de paraquédemonioshabrésalidohoydelacama. Y a punto de acabar este 2016 me pregunto si, casi casi, no habría sido mejor saltarnos este año, como un mal sueño. Quizá debiéramos aprovechar la Nochevieja, como humanidad, como planeta, para hacer arder las miserias y las maldades en el fuego purificador. No sé, enfundarnos la ropa interior roja o ponerle un empeño de sincronización especial a las uvas a ver si de verdad 2017 viene un poquito menos oscuro y deprimente. Cuando me da el bajón y empiezo a sospechar que quizá lo de resetear el planeta sea nuestra única solución recuerdo a la hija de una amiga. Apenas empezaba a decir sus primeras palabras y con precisión milimétrica organizó su pequeño gran mundo de una manera tan simple como magnífica: todo ser humano era aita y todo animal era guau-guau. La vida sería mucho más sencilla -y feliz- si no la complicáramos tanto. Esa es la esperanza. Urte berri on!
- Multimedia
- Servicios
- Participación