Las cabinas
el Gobierno va a obligar a Telefónica a mantener operativas sus cabinas, artefactos tan anacrónicos como una máquina de escribir, un walkman o una tele con culo. Aunque en estos tiempos en los que los tíos llevan barba decimonónica -alguno incluso con los bigotes encerados- cabe la posibilidad de que se conviertan en tendencia, lo cierto es que para poco sirven ya, salvo para recordar cuando con veinte duros te echabas tres partidas al Pang y aún te sobraba pasta para llamar a casa y avisar de que llegabas tarde. Todo lo que da una cabina, un walkman, una máquina de escribir, una tele con culo y un salón recreativo de los noventa me lo da en el siglo XXI el pequeño dispositivo electrónico que llevo en el bolsillo. Hasta linterna tiene. Eso sí, hay una cosa a la que jamás llegará. Hace escasos días, mientras ponía al niño a mear en un árbol preguntándome por qué él sí y yo no, si también estaba a punto de reventar, me vino a la mente la siguiente reflexión. ¿Y si la Administración facilitara que se pueda desaguar sin tener que tomar antes un café en el bar, para mayor tormento de la vejiga? Qué mejor destino, pues, para estos cubículos -pienso más en las cabinas propiamente dichas que en los teléfonos colgados de un poste-, que prestar un nuevo servicio universal y gratuito a la ciudadanía.