La primera vez
la primera vez suele resultar frustrante. Los nervios, la inseguridad, la bisoñez... Casi nunca sale bien, no al menos tan bien como más adelante, cuando ya no es la primera vez y se ha ido adquiriendo experiencia aunque sea a base de tropezones. No es que sea un axioma eso de que la primera vez sea de las peores, aunque ocurre a menudo. Después se va mejorando, se adquiere confianza, se afronta la situación con menos miedos, con más atrevimiento. Hay quienes, no obstante, recuerdan aquella primera vez con nostalgia, recuerdos emocionantes y cosquilleos en el estómago, y en otros sitios, que ya no se volverán a repetir. No importa tanto cómo salió la cosa, lo realmente importante es que pasó, por fin, y que era imprescindible que sucediera para ir avanzando y creciendo a lo largo de la vida. Además, el cerebro posee la bendita facultad de ir olvidando lo malo para quedarse con lo mejor. La mente solo nos pide un poco de tiempo para poder llevar a cabo esa limpieza mental que nos permite sobrevivir y seguir adelante. Por eso, aunque no les gustara el juego desplegado y quizá tampoco el resultado, reivindico yo aquí la primera vez que se enfrentaban Eibar y Alavés en Primera División. ¿O de qué pensaban que hablaba?