No te ves desde hace unos 25 años. Desde que te plantean la cosa, te piensas en más de una ocasión buscarte alguna excusa para no ir porque, chico, la vida ha dado muchas vueltas, con aquellos no te has vuelto a cruzar, y vete tú a saber por dónde respira cada uno. Además, del centro escolar en concreto, por otras razones, saliste más quemado que la moto de un hippie. Pero, querido lector, la vida es muchas veces más sencilla de lo que creemos o hacemos. Al fin y al cabo, con esas mujeres y esos hombres de hoy, uno vivió sus primeros sentimientos, aprendió qué era la amistad, la risa, el juego, la maldad, el amor... también, en mi caso, reventó alguna fuente pública y robó un par de revistas porno, entre otras acciones educativas, pero esas son historias que no vienen al caso. La cuestión, da igual que uno tenga diez años o setenta, es que nos construimos de manera constante con el otro o a pesar de. Es la convivencia la que nos enseña para lo bueno y para lo no tanto. A mí, aquellas niñas y niños de entonces me ayudaron, con lo positivo y también con lo negativo, a dar los primeros pasos por el mundo. Y por eso vas a esa cena que ni es fantástica ni desastrosa, sino un encuentro que te vuelve a demostrar que, en el fondo, todos buscamos ser felices. Y si además te dan unas copas y un striptease, noche completa.