Napoleónicos
Bueno, venga, va, vamos a meternos en otro jardín. Se acerca junio y se anuncian, como en los últimos años, actos por estos lares por aquello de la Guerra de la Independencia, Napoleón y esas cosas. Y, como siempre, como hacemos para inventarnos una feria ya pasada, montamos -y pagamos- una serie de actividades que, en realidad, no pasan de ser una superficial recreación de un conflicto que costó vidas humanas. Nos quedamos con el detalle de una espada que perteneció a una persona de la que ocultamos sus sombras para fijarnos en algunas de sus luces. Nos vestimos y simulamos. No profundizamos. Nos pasamos de ahí. Utilizamos una guerra como recurso turístico -no somos los únicos, por supuesto- y nos quedamos tan contentos. Encima vendemos esa idea de la resistencia compartida por todos los ciudadanos contra el invasor, aunque sepamos que no es cierto. Tener pasión por la historia significa aprender de ella hasta el último rescoldo para tener siempre presentes a los que nos precedieron, aprender de sus aciertos y errores y, así, intentar aplicar la esencia de sus enseñanzas para traerlas al presente con el objetivo de dejar un futuro mejor para los que vendrán. Eso no se hace con un homenaje a un general y un desfile.