Síguenos en redes sociales:

Mesa de Redacción Mentirosillos, por Carlos González

Un buen día entré en un bar del Casco y una camarera me dijo: “Ay, Carlos, Carlos, si estuvieras bueno, te haría cositas”. Y me puso un cortado. En teoría, yo me tendría que haber molestado o incluso cabreado. Pero no. Me puse un poco tontorrón. Primero, porque se sabía mi nombre. Segundo, porque había tenido pensamientos puros sobre el hecho de no tener pensamientos impuros conmigo. Bueno, pues una campaña electoral es más o menos lo mismo. Es decir, el político de turno, al que fundamentalmente le importas poco o más bien nada a no ser porque te necesita para cobrar el sueldo a final de mes, te pone ojitos, te manda cartas a casa con tu nombre en el sobre, te regala flores, caramelos, globos o lo que se tercie, y te planta la mejor de sus sonrisas. Te dice lo que quiere pero de tal forma que te pones hasta cachondo. Y tú, que te habías jurado a ti mismo que esta vez no votabas a ninguno, que estabas harto del mamoneo, que ya no creías en esta democracia que no lo es, que incluso te habías planteado dar tu apoyo a unos nuevos sólo por el hecho de joder a los de siempre, cambias de repente. No te ofendes como debieras, y el enfado se te pasa. Dejas de pensar por ti mismo. Y ahí, en ese instante, es donde la camarera y el político te tienen cogido por los pelendengues y tú encantado.