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Afán de control

cada día estoy más en contra de las mayorías absolutas. ¡Qué fácil es para algunos dejarse atrapar por los tics de los dictadores! Entienden que el mando se lo merecen -incluso se convencen de que están sacrificándose - y que nadie mejor que ellos para saber qué conviene a los demás, a sus ojos unos pobrecitos ignorantes. Eso los bienintencionados, que algunos se ciegan y pasan a pensar que la principal razón de existencia de la mayoría es servir a esa minoría que sí sabe lo que es lo mejor para el mundo. Esta semana hemos asistido a dos episodios que me reafirman en mi rechazo a darle a alguien demasiado poder. El globo sonda lanzado por el PP a través de su ministro Rafael Catalá para ver cómo calaba la posibilidad de legalizar la censura a la prensa es una prueba fehaciente de que a estos gobernantes se les ha ido la olla definitivamente. Al comprobar la indignación generalizada -sería el fin de la menguante libertad que nos queda- ha reculado rápidamente aduciendo a eso tan típico de la tergiversación de sus palabras. Ahí queda la primera piedra lanzada, no obstante. Y luego está esa nueva ley en confección que pretende excluir del voluntariado a todos aquellos con antecedentes penales. Controlar quiénes sí y quiénes no, en suma.