Por la puerta grande
Amigo agente municipal, no creo que nos conozcamos, pero que sepa que su salida por la puerta grande camino a la jubilación me ha metido en una discusión de órdago con un cortado de por medio y parroquianos de un bar a los que no conocía pero que me han terminado odiando como si fuéramos amigos de toda la vida. Es evidente que usted no hizo las cosas como debía, que movió el coche de las multas a propósito para pillar a la peña como si no hubiera mañana, y que más que afán recaudador, lo que usted quería, fundamentalmente, era tocar un poco aquello. Pero también lo es que si llegó a poner más de 200 multas fue porque hubo otros tantos conductores que se pasaron el código de circulación por la entrepierna pensando que, como nadie les iba a pillar, los límites de velocidad se pueden saltar sin consecuencias. Y a mí la discusión planteada en esos términos me da exactamente igual. Me aburre. Yo lo que realmente quiero saber, y por expresarlo fue por lo que me cayeron insultos y de todo, es si, como sospecho, estaba poniendo las multas descojonado de la risa sentando en el coche puesto que, y así lo defendí entre miradas iracundas, a todos nos hubiera gustado hacer lo mismo. Es nuestro pequeño diablillo.