Ciudad
Cuando vine a vivir en Gasteiz, hace ya un tiempecito, me llamaba la atención la datodependencia de la ciudad. Pocas cosas relacionadas con la vida social ocurrían fuera de su radio de influencia. Los barrios, más nuevos o menos -el eufemístico horror ese de “de oro”, aún no se había inventado-, eran decorados para lo inmediato e imprescindible, el pan y el dormir. Pero el vermut, el paseo, los escaparates... era patria potestad del Centro. Luego, los barrios más nuevos se fueron imponiendo, entre otras cosas porque los jóvenes que accedieron a una VPO o a una vivienda a secas se fueron yendo allí. Poco a poco la vida se fue asentando en esos barrios, bien está, solo faltaba. A la par llegaron los grandes centros comerciales, que tampoco ha de ser malo. Pero entre una cosa y otra y la de más allá, el centro se apaga. El fenómeno no es patrimonio exclusivo de esta ciudad, no se crean. Otras lo viven con bastante más virulencia. Ahora la estación de autobuses también abandona el centro, aunque fuera un centro esquinado. Y bien está que haya nueva estación. Pero igual, solo igual, deberíamos repensarnos un poco las ciudades que estamos construyendo, las políticas de vivienda, de comercio, por ejemplo. Debe de haber algún punto que se aproxime un poco más al equilibrio, a una ciudad más homogénea.