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Mesa de redacción Esa autopista, por Iñigo Muñoz

EL personal anda revuelto con el anuncio de la Diputación de Gipuzkoa de poner peajes en todas sus carreteras de cierta enjundia, incluida la A-1. No voy a entrar en si es necesario o no para el correcto cuadrar de cuentas, si es que el motivo es ése, pero lo que está claro es que a nadie le gusta pagar por pisar asfalto lejos de las autopistas. Será necesario, pero sólo pensar en ello ya jode. Porque esa carretera, la A-1, es el único camino posible hacia las playas guipuzcoanas o de Iparralde sin que haga falta sacar la cartera, y eso sin necesidad de insistir en que si hay un atasco, cosa que ocurre a menudo, esa vía es una verdadera trampa. El caso es que el otro día regresé de Hondarribia y comprobé una vez más que toda la señalización que conduce a Gasteiz lleva irremediablemente a los conductores hacia la AP-1, esa maravillosa autopista de a doblón que no acaba de arrancar, esos túneles y viales que pocos utilizan y que aún hoy sigue siendo motivo de encendidos debates políticos tanto en Álava como en Gipuzkoa. Evitarla sólo está en manos de quien conoce bien la geografía vasca y saca matrícula en el laberinto de señales. La única manera de ahorrarse los diez eurazos, si no son ya más, es seguir las indicaciones que llevan hacia Pamplona por la A-15, porque si uno sólo mira los paneles azules que anuncian en grandes letras Vitoria-Gasteiz se encontrará de repente atrapado en la A-8 camino de Eibar, y una vez allí la suerte está echada: a pagar más. Y qué quieren que les diga, me parece un engaño innecesario para los profanos.