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Mesa de redacción: Pablo Laso, por David Erice

por una vez, y sin que sirva de precedente, yo iba con el Real Madrid en la final de la Liga ACB. Por Pablo Laso, claro, contra el que jugué alguna que otra vez cuando éramos niños y él estudiaba en San Viator, con el que coincidí un año de clases en el instituto y hasta pude disfrutar de sus asistencias en la dura pista del patio, al que vi debutar en el Baskonia con apenas 17 años cuando ya empezaba a asombrar con sus pases de fantasía y su descaro... Parecía demasiado enclenque entre tanto gigante. ¡Si casi no llegaba al aro cuando lanzaba triples! Y entonces un día se encaró en Mendizorroza con el genial y malogrado Drazen Petrovic para recriminarle alguno de sus gestos habituales y me dije: "el Baskonia ya tiene un líder". A lo largo de toda una década, Laso dejó atrás lo de Pablito y se convirtió en uno de los mejores bases de la historia del baloncesto estatal, desde luego del Baskonia. Ya no era pequeño ni flacucho sino un mago del pase, el mejor socio posible de los pívots, hasta un eficaz tirador de larga distancia. Después se marchó a jugar en el Real Madrid para acabar su carrera en varios equipos menores. Y empezó como entrenador en Castellón, desde abajo, para recorrer su camino hasta verse capaz de asumir el reto de dirigir a un Real Madrid destrozado por el todavía reputado Ettore Messina. Le recibieron como a un mindundi y decidió que, ya que lo iban a defenestrar pronto, al menos moriría con su estilo. Y, miren por dónde, su baloncesto rápido y dinámico es ahora el modelo a seguir. Chapeau!