Mesa de redacción El perdón
NO han sido muchos los sacerdotes que han escuchado mis pecados en el confesionario; bueno, quizás sólo los oían, porque los alumnos de Jesuitas guardábamos turno para pasar por el habitáculo del perdón, y entre tantos pecadillos quizás se le escapaba algún bostezo al cura. Uno de ellos era especialmente tétrico: el padre Van der Meer, quien también oyó en confesión a mi padre, el de verdad, cuando vestía pantalón corto, lo cual siempre me causó cierta inquietud. Como píos alumnos, no nos colocábamos en uno de los lados del confesionario, sino frente al sacerdote, a quien no veíamos, oculto en la penumbra. Después de relatarle los deslices de la época (molestar a la hermana, alguna taco por aquí y un pensamiento impuro por allá), el padre Van der Meer extendía su mano, que surgía trémula de la oscuridad, para que se le besara el anillo. Esa mano olía de la misma manera que olía todo él en su dimensión Van der Meer; quizás fuera porque inhalaba rape, o quizás porque usaba una colonia singular, no sé, pero su olor y todo lo que le rodeaba lo conservo intacto en mi castigada memoria. El caso es que uno se disculpaba ante el cura por los pecados cometidos y por los inventados si no había nada que contar, que no es lo mismo que cuando un político se disculpa por los suyos, más allá de la magnitud del tropiezo. Porque una vez abandonada la genuflexión y recitados los padrenuestros, la vida volvía a iluminarse. En el caso del político no es así: siempre le perseguirá el recuerdo de su error salvo que dimita, cosa que casi nunca ocurre y siempre le deshonra.