A estas alturas probablemente muchas personas se consideren saturadas de opinión sobre el proyecto que actualmente se desarrolla en el Centro Cultural Montehermoso. No puedo renunciar, sin embargo, a profundizar en lo que afirmé la semana pasada porque, como cabía esperar, ya hay quien ha realizado una malinterpretación interesada de mis palabras y porque tenemos que ser conscientes de lo mucho que está en juego.

Que nadie piense que estamos ante una controversia inocua sobre políticas artísticas. Aquí está en juego toda una filosofía sobre la prestación de servicios públicos a la ciudadanía. Aquí está en juego aceptar una concepción despótica de la gestión cultural donde toda idea divergente se trata, cuando menos, de retrógrada. Aquí están en juego muchos millones de euros de las arcas municipales a los que (como con cualquier otra inversión pública) hay que exigir rentabilidad social. Aquí está en juego la utilización constructiva o efectista de las políticas de género. Demasiados riesgos para permanecer callada.

Necesitamos debatir sobre Montehermoso. Necesitamos debatir porque entre su filosofía y la plasmación de su filosofía surgen muchas dudas que no se pueden acallar con simples descalificaciones y una negación sistemática de la participación social. ¿Quién discute la idea de que Montehermoso se centre en el arte contemporáneo? Nadie. Es una premisa que se puede aceptar sin problemas, pese al riesgo de que diferentes equipamientos de la ciudad se solapen en muchas ocasiones. ¿Quién puede estar en contra de un centro cultural que cumpla las recomendaciones de la Ley Vasca de Igualdad en cuanto al equilibrio en su programación de artistas de ambos géneros? Absolutamente nadie. Lo triste es que se quiera considerar este proyecto como la excepción de todo el conjunto de políticas culturales.

Lo que sucede es que Montehermoso desarrolla algo más concreto que un proyecto cultural de difusión de arte contemporáneo donde hombres y mujeres tienen garantizado el mismo protagonismo. En Montehermoso se trabaja un enfoque específico de las políticas de género que en más de una ocasión puede no conectar con el modo de entender la igualdad por parte de las propias creadoras y el público femenino.

En el programa expositivo de este centro cultural se recurre a menudo a dinámicas y discursos más propios de épocas pasadas, una apuesta de la que pueden discrepar quienes, defendiendo los derechos de las mujeres, quieren evolucionar en esta reivindicación más allá de cómo se entendía el feminismo, por ejemplo, en los años 70. Montehermoso no renuncia a la exhibición de arte con elementos, mensajes, imágenes que pueden resultar polémicas. Sin ir más lejos, actualmente el atrio de este palacio acoge una muestra sobre la femineidad en el videoarte italiano en cuyo acceso figura un letrero donde se reconoce que la exposición contiene imágenes que pueden herir la sensibilidad de algunas personas.

Es el propio centro cultural quien reconoce que sus contenidos pueden hacer daño. Si de lo que se trata es de defender el derecho a exponer este tipo de arte, seré la primera en ponerme en la pancarta. Prohibirlo sería un gesto involucionista propio de épocas que no queremos recordar. Ahora bien, reivindico también el derecho a debatir si ésta ha de ser la única apuesta artística del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz.

Montehermoso ha elegido simplemente un camino, a veces escabroso, a veces muy costoso, a menudo discutible. Uno de los rasgos definitorios del arte contemporáneo es precisamente su carácter vivo, abierto a opiniones, a participar, a contraponer. Lo peor que le puede pasar a una apuesta específica por el arte contemporáneo es que abandone el debate para instalarse en el terreno del dogmatismo irrebatible.

Reivindico el derecho a discutir, por ejemplo, la vocación innovadora del proyecto que lleva desarrollándose en este centro cultural. El último y sorprendente argumento es el de Montehermoso como espacio para la I+D, como área donde se cede espacio a los nuevos artistas y las últimas tendencias. Vitoria-Gasteiz lleva décadas incluyendo la labor de artistas emergentes en sus diferentes centros culturales. Gran parte de la vitalidad que ahora se respira en diferentes iniciativas es herencia directa de logros como la Anual Amárica. Actualmente, una de las principales áreas expositivas de Montehermoso está ocupada, paradójicamente, por una retrospectiva de la colección Parkett, con piezas de los años 80 o 90. Una interesante muestra que no me parece precisamente el mejor modo de estar a la última y anticiparse.

Debatamos pues y recordemos cómo se inició toda la cascada de opiniones de los últimos dias. El PNV en el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz reclamó una evaluación del Plan de Centro de Montehermoso, el documento donde hace tres años se marcaron unas metas y el modo de alcanzarlas. Al no obtener respuesta a lo que solicitaba, el PNV propuso otro modo de conocer la incidencia del proyecto de Montehermoso en la ciudadanía (destinataria final, a fin de cuentas, de la labor de este centro): una encuesta que midiera el grado de conocimiento y satisfacción con lo que allí se realiza. Paralelamente, este mismo grupo propuso la creación de un comité de personas expertas que facilitara una gestión más participativa del centro cultural.

Unos preguntaron y posteriormente propusieron. Otros han reaccionado con lo que sólo se pueden considerar insultos. La distancia entre unos y otros es la que va de la voluntad de debate a la confrontación dañina. En este último terreno no me encontrarán quienes han reaccionado en los últimos días. Siempre estaré dispuesta, eso sí, a debatir sobre Montehermoso. Porque en este debate reside su verdadera supervivencia.