Colombia gira a la ultraderecha: "Entramos en un nuevo ciclo de violencia política"
Jorge Freytter Florián, militante colombiano exiliado en Euskadi, explica los peligros de la victoria de De la Espriella
Colombia despierta esta semana con un nuevo mapa político. El candidato izquierdista, Iván Cepeda, ha disipado las dudas al reconocer oficialmente su derrota frente al ultraderechista, Abelardo de la Espriella, que se impuso con 12,9 millones de votos (49,78%) frente a los 12,7 millones del candidato de izquierdas, una diferencia inferior a un punto porcentual. Cepeda asume el resultado como un "acto de responsabilidad democrática" para intentar salvar la convivencia en una nación totalmente partida a la mitad.
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Este desenlace ha llegado después de que el actual mandatario, Gustavo Petro, sugiriera que los comicios debían ser anulados por "injerencia extranjera". En un extenso mensaje en X, Petro denunció la intervención directa de Donald Trump, quien calificó a De la Espriella como "un buen hombre" tras haberle expresado su apoyo público.
Para Jorge Freytter Florián, militante popular colombiano exiliado en Euskadi, este terremoto político está cargado de peligro, puesto que lo que se ha producido no es un relevo ordinario dentro del juego democrático, sino "un cambio de época" que puede marcar al país. Su voz arrastra una dolorosa herencia: en 2001, el narcoparamilitarismo secuestró y asesinó a su padre, Jorge Freytter Romero, profesor de la Universidad del Atlántico, en Barranquilla. Desde su perspectiva en el exilio vasco, el triunfo de De la Espriella representa la coronación de lo que define abiertamente como un "tecnofascismo" sofisticado y corporativo.
"El triunfo de De la Espriella está sustentado por un despliegue de los EE.UU. a través de la inteligencia artificial y de las redes sociales para imponer por algoritmos una tendencia de extrema derecha", explica Freytter. Esta estrategia, cuenta, caló hondo en sectores juveniles, evangélicos y empresariales, y advierte de que, detrás del barniz de "abogado internacional prestigioso" con oficinas en Miami y Bogotá, se esconde un heredero directo del Pacto de Ralito, la negociación paramilitar previa al gobierno de Uribe que buscó "refundar" el país bajo control de estructuras armadas.
Esa procedencia, sostiene Freytter, explica el rumbo que anticipa para los acuerdos de paz: una postura negacionista que sustituye el diálogo por la militarización. El propio candidato electo prometió en campaña —y repitió tras conocerse los resultados— "volver a destripar" al progresismo colombiano, un anuncio que Freytter interpreta como la reactivación de la doctrina del enemigo interno "mucho más fortalecida y avalada por el Departamento de Estado y los EE.UU.".
Este relevo pone bajo la guillotina el legado de Gustavo Petro y Francia Márquez, que situaron en el centro del relato nacional y reconocieron "a las víctimas del conflicto colombiano, de crímenes de Estado y del paramilitarismo" y pusieron sobre la mesa la reforma agraria, la recuperación de las horas extras y la defensa de la sanidad y la educación públicas frente a la privatización; además de un proceso constituyente para una actualización de la constitución de 1991.
Abelardo de la Espriella no está en contra de la pobreza, está en contra de los pobres.
Todo ello, asegura Freytter, corre el riesgo de ser borrado por la marea revanchista del nuevo mandatario: "Es un hombre racista, arribista, xenófobo y machista. No está en contra de la pobreza, está en contra de los pobres; es una persona segregacionista. Sus valores van en contraposición con un pueblo que construyó una esperanza alternativa a gobiernos de derecha, fascistas y militaristas".
Así, uno de los aspectos más sombríos es el futuro de la paz. El militante colombiano describe el programa de De la Espriella como "un manual de restricción antidemocrática" y teme una ola implacable de persecución y montajes judiciales contra sindicatos, líderes sociales y figuras de la oposición, como Iván Cepeda y Aida Quilcué —vicepresidenta de Pacto Histórico—.
Pese a la magnitud del golpe, el activista evita la lectura derrotista: sitúa lo ocurrido dentro de la ola internacional de derechas que, lejos de ser exclusiva de Colombia, exige a la izquierda y al exilio político reforzar el análisis y la organización en todo el mundo. En este sentido, lanza un llamamiento concreto a las instituciones y partidos vascos: intensificar el trabajo con la comunidad migrante colombiana para contrarrestar la presión ideológica que, denuncia, ejercen iglesias evangélicas y redes del narcoparamilitarismo transnacional sobre ese electorado. La resistencia frente a este nuevo ciclo de violencia política se librará en los territorios colombianos, pero su retaguardia crítica, insiste, operará firmemente desde el exilio organizado.
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