Irán y la lección de Tiananmén
El aumento de la represión y el número de muertos en las protestas que sufre el país comienzan a recordarnos a lo ocurrido en Pekín en 1989
La sangre vuelve a las calles y plazas deIrán, 47 años después de la revolución que acabó con el sangriento régimen del sha de Persia. La República islámica de Irán, el régimen que emergió de aquella revolución, sufre las mayores protestas de su reciente historia. Para algunos observadores, por primera vez el régimen de los ayatolás parece tambalearse. Las protestas alcanzan todo el país y el aumento de la represión y el número de muertos comienzan a recordarnos lo ocurrido en 1989 en la plaza de Tiananmén, donde vimos a lo que es capaz de llegar un régimen autoritario para lograr su supervivencia. ¿Está realmente el régimen en peligro? ¿Estamos ante el final de la República islámica de Irán? Y, sobre todo, ¿cómo repercutirá en la estabilidad mundial lo que está ocurriendo en Irán?
A la hora de calibrar las consecuencias de un posible colapsó de la República islámica debemos resaltar la importancia que tuvo la revolución de 1979 en el devenir de toda la zona. El régimen del sha intentó modernizar una región, heredera del antiguo imperio persa, valiéndose de una feroz represión, un autoritarismo sin concesiones y con la ayuda militar y económica de Estados Unidos. La oposición nacionalista, de izquierdas e islamista se unió para derrocar al dictador rey. El ayatolá Jomeini, principal cara de la oposición, una vez en el poder y con el apoyo de un ejército popular organizado, logró acabar con todos sus antiguos aliados de lucha contra el sha, instalando la primera teocracia islamista moderna, una República gobernada por clérigos en el que no cabe oposición alguna.
Esta primera teocracia islámica, con el tiempo, se ha enfrentado a los regímenes socialistas del entorno, como la Irak de Hussein o la Siria de Al Asad, y a las monarquías de las tierras arábigas. Como relata Kim Ghattas en su magnífica obra Black Wave, la revolución iraní de 1979 alteró completamente todo el oriente próximo, iniciando una oleada de islamismo conservador que se ha expandido por la región convirtiendo a los clérigos iraníes en uno de los grandes enemigos de la influencia de Occidente en la zona.
Al mismo tiempo, la República islámica se ha convertido en un claro ejemplo de estado autoritario, donde es el principal líder, Alí Jamenei, y su consejo de clérigos los que directa o indirectamente controlan todos los ámbitos del estado, desde el militar hasta el económico. Jomeini vio muy claro desde el principio que, si quería instaurar su deseada teocracia, necesitaba controlar todos los resortes de los poderes políticos social, económico y militar. Siguiendo esta idea, la arquitectura de todo el aparato del estado iraní persigue ese objetivo.
En lo político el estado convoca regularmente elecciones en las que se elige el parlamento de donde sale elegido el presidente de la República. Sin embargo, el líder supremo y el consejo de guardianes de la revolución, mantienen la potestad de tomar decisiones respecto a los representantes elegidos en las urnas. Como reflejo del intervencionismo clerical y religioso, incluso el ámbito económico se ve también influido por el poder del estado. La mayoría de los principales sectores productivos están dirigidos por fundaciones participadas por el estado, sobre todo los que actúan en los sectores clave de la economía, que el régimen quiere mantener bajo su control directo.
La Guardia Revolucionaria, el ejército privado de los ayatolás y autónomo frente al ejército nacional, posee sus propias fuentes de ingresos que la nutren económicamente, convirtiéndola en la principal fuerza militar del país. Jomeini percibió la necesidad de tener una milicia propia, ya que no confiaba en el antiguo ejército nacional, infiltrado de oficiales afines al sha. Con el tiempo, la Guardia Revolucionaria se ha convertido en el principal baluarte del régimen, y estos días de revueltas probablemente, sea la principal carta de Jamenei para mantenerse en el poder si la sublevación va a más.
El gran poder militar que dispone la Guardia Revolucionaria para enfrentarse a los enemigos externos, se complementa en el ámbito interno con la milicia popular Basij, un ejército de voluntarios civiles, convertido en el bastión del conservadurismo religioso en las calles del país y en elemento de presión social en los espacios públicos. Junto a la policía, estas milicias son las encargadas de guardar el rigorismo en las costumbres, en una sociedad en la que, sobre todo los más jóvenes, ponen cada vez más en duda los códigos sociales y las tradiciones heredadas de la revolución islámica.
Pero, ¿qué es lo que ha ocurrido para que un régimen autoritario tan perfectamente construido para retener todo el poder en sus manos empiece a tambalearse? Muchos parecen ser los factores que han concurrido en las revueltas actuales. En primer lugar, la chispa desencadenante procede del empeoramiento de la situación económica del país, como lo demuestra que los primeros disturbios se produjeran en el barrio comercial de Teherán. Una mala situación económica agravada por las sanciones internacionales tras la guerra de los 12 días contra Israel, que destruyó instalaciones nucleares por la negativa de Irán a continuar aplicando los tratados internacionales sobre armas nucleares, pero sobre todo, por el apoyo del régimen de los ayatolás a Hamás, Hezbolá y a la Siria de Al Asad, principalmente tras el asalto de Hamás a Israel del 7 de octubre 2023.
Este esfuerzo militar desplegado por Irán en varios frentes ha conllevado una gestión económica que primaba la carrera militar, especialmente el poder de la Guardia Revolucionaria y la de sus aliados en el denominado Eje de la Resistencia. Mientras, problemas como el de la sequía, que ha llegado a plantear una evacuación de parte de la población de la capital, se han visto agravados por los bombardeos israelíes y norteamericanos de hace unos pocos meses. Al mismo tiempo, el importante poder militar que justificaba el esfuerzo de la economía iraní se ha ido al traste con el abrupto abandono de Siria en manos de los islamistas suníes de Al Sharaa, el debilitamiento de Hezbolá en el Líbano en su lucha contra Israel y la incapacidad de hacer frente a sus dos enemigos existenciales, Israel y Estados Unidos.
Esta situación ha permitido que afloren tensiones que llevaban décadas avivándose en la sociedad iraní. La juventud iraní, Irán es un país de una población muy joven, está cambiando los valores de la revolución islámica por los occidentales. Al mismo tiempo, un cambio social protagonizado por las mujeres, avivada en 2022 por el asesinato de Masha Amini, que ha significado una oposición continua, silenciosa, pero firme y que ha corroído el sistema más de lo que pensaban los clérigos. Sin olvidar, un régimen incapaz no solo de apertura política alguna, sino que, al contrario, persiste en una guerra existencial contra Israel y Occidente, mientras su sociedad lo que pide es abrirse política y socialmente y una economía donde se pueda prosperar.
Está claro que las fuerzas que han propiciado la insurrección son poderosas. Las imágenes de las manifestaciones masivas a lo largo del país, la quema de oficinas del gobierno, e incluso de una mezquita, están poniendo en jaque al régimen de los clérigos chiíes. ¿Pero serán capaces las protestas de acabar con la revolución islámica y el sistema autoritario ideado por Jomeini? Un estado autoritario como el iraní, basado en un rigorismo religioso y político, en la que la autoridad sin concesiones ni discusión es su principal baluarte, parece difícil que renuncie a ello, más y cuando, ese poder autoritario, como hemos dicho, se encuentra en todos los elementos del poder y del estado, sin olvidarnos del más de un millón de hombres que puede movilizar a través de la Guardia Revolucionaria y las milicias Basij.
MÁS DE DOS MIL MUERTOS
Por todo ello, parece difícil que el régimen caiga o recapacite y se abra a las libertades individuales y políticas. Como en todos los regímenes de este tipo, la única respuesta procedente del poder está siendo la violencia, y esta con verdadera fuerza, con más de dos mil muertos según algunas fuentes. El elevado número de fallecidos, documentados por las imágenes de morgues llenas de cadáveres envueltos en bolsas de basura mientras sus familiares tratan de reconocer los cuerpos, da idea de que el régimen está intentando cortar de raíz la insurrección. Lo esperable, si los disturbios continúan, sería un acto de violencia a mayor escala, al estilo del que sufrieron las protestas de los estudiantes chinos en 1989 en la plaza de Tiananmén. Un acto de violencia brutal, con cientos o miles de muertos, que cerró la crítica política al férreo régimen comunista chino hasta el día hoy. No sería de extrañar una respuesta de este tipo si las protestas siguen en Irán.
Pero es la intervención norteamericana la que parece que puede cambiar las cosas, aunque se antoja difícil que Estados Unidos entre directamente sobre el terreno, lo que podría abrir la posibilidad de crear un nuevo Irak. La República islámica dispone de un aparato estatal poderoso y todavía conserva gran parte del apoyo popular en algunos sectores, como la reciente manifestación multitudinaria a favor del régimen celebrada en Teherán lo demuestra. Además, una acción “quirúrgica” como la de Venezuela podría resultar contraproducente para los intereses de los opositores y reforzar el régimen. No debemos olvidar que el antiguo sha cayó por su política occidentalizadora y que Estados Unidos fue el principal apoyo del rey. Todo apunta que serán sanciones económicas, las que puedan ser la losa que cierre la fosa del régimen de Teherán, y es posible que esta sea la carta con la que Estados Unidos piense hundir a los ayatolás.
En 1989, Deng Xiaoping no solo ahogó en sangre las ansias de democracia de los estudiantes chinos, también fijo el compromiso con el que el Partido Comunista legitimó su dictadura: autoritarismo a cambio de riqueza, lo que ha permitido mantener la estabilidad social durante estos años en la República Popular China. Parece que la República islámica no ha aprendido la lección de Tiananmén y continúa con una férrea dictadura, incapaz de generar riqueza a una población harta de guerras e inestabilidad económica. Como escribíamos hace unos meses en estas líneas, Ali Jamenei cometió un error apoyando a Hamás en los ataques a Israel de octubre y las consecuencias de ese error han sido nefastas a nivel internacional e interno, tal y como demuestran las protestas actuales.
El tiempo nos dirá si la República islámica es capaz de capear este temporal, esto es, hasta donde está dispuesta a llevar la violencia para mantenerse en el poder. La caída de los ayatolás cambiaría completamente la fisonomía de la región, dejando para Estados Unidos e Israel toda la zona como de su única y total esfera de influencia. Otra gran victoria de Donald Trump en la reordenación del mundo, seguramente, uno de sus mayores triunfos, aunque esta victoria está por llegar y no será fácil de lograrla. Por el momento, la violencia y las muertes no cesarán, y, en el caso de que la República islámica logre salir de la crisis en la que se halla, veremos si ha sido capaz de aprender la lección de Tiananmén y rebaja la escalada militar y apuesta por un desarrollo económico intenso para sus habitantes. A la larga, tal vez, la única baza para su supervivencia en un futuro no muy lejano.
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