El fantasma de la expansión territorial estadounidense ha vuelto a sobrevolar el Atlántico Norte, desatando una tormenta diplomática que pone a prueba la cohesión de la UE y la solidez de la OTAN. Tras años de especulaciones, la administración de Donald Trump ha elevado el tono sobre su intención de tomar el control de Groenlandia, un vasto territorio autónomo bajo soberanía danesa. La respuesta del Viejo Continente, sin embargo, se mueve hoy entre dos aguas: la firmeza estratégica de París y la prudencia pragmática de Berlín.

Respuesta francesa a la "intimidación"

Desde el Ministerio de Exteriores en París, el jefe de la diplomacia gala, Jean-Noël Barrot, es tajante. Francia no solo rechaza las pretensiones de Washington, sino que ya trabaja activamente en un plan de “represalias” a escala europea. Según Barrot, el objetivo es articular una respuesta “convincente e impactante” ante lo que califica como señales de “intimidación” por parte de la Casa Blanca.

La diplomacia francesa parece haber abandonado la sutileza. El plan de París, que se presentará “en los próximos días”, busca evitar que Europa actúe de forma fragmentada. “Sea cual sea la forma y el origen de la intimidación, nos preparamos para responder, y no para responder solos”, afirmó Barrot en una entrevista que resonó en todas las cancillerías del continente.

Francia busca el apoyo de lo que denomina el “tríptico” de influencia: un eje formado por París, Berlín y Varsovia –el Triángulo de Weimar– para marcar el paso firme de la política exterior europea.

Sin embargo, el contexto actual añade una capa de gravedad. La sombra de la reciente operación militar estadounidense en Venezuela, que resultó el pasado sábado en la captura de Nicolás Maduro, ha disparado las alarmas. Aunque el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha intentado calmar las aguas asegurando a Barrot mediante conversación telefónica que Washington descarta una opción militar en Groenlandia, la ambigüedad de otros asesores cercanos a Trump, como Stephen Miller, mantiene la tensión en niveles máximos.

Miller no descartó explícitamente el uso de la fuerza para asegurar lo que la administración Trump considera un activo estratégico vital para la seguridad nacional en el siglo XXI.

Alemania, contra "escenarios apocalípticos"

A escasos kilómetros, en Berlín, el tono buscaba ser radicalmente distinto. El Gobierno alemán, a través de su portavoz Stefan Kornelius, hizo un llamamiento a la serenidad, advirtiendo contra la tentación de “caer en escenarios apocalípticos”. Para el Ejecutivo de Olaf Scholz, la retórica incendiaria que emana de Washington es, en gran medida, una forma de comunicación “provocadora” a la que los aliados deben acostumbrarse sin entrar necesariamente en una escalada de declaraciones.

Berlín recomendó no tomarse “al pie de la letra” cada palabra que sale de la Casa Blanca o de los asesores de Trump. “No hay que exagerar”, subrayó Michael Stempfle, portavoz de Defensa, sugiriendo que la relación con EE.UU. es lo suficientemente profunda como para permitir desacuerdos públicos sin romper la colaboración en otros ámbitos.

No obstante, esta prudencia no debe confundirse con debilidad. Alemania se reafirma en su “claro compromiso con la integridad territorial” de Dinamarca, respaldando la premisa fundamental de que Groenlandia pertenece a su población y que solo Copenhague y los groenlandeses tienen voz sobre su futuro. El Gobierno alemán prefiere canalizar esta crisis a través de la OTAN, argumentando que las legítimas necesidades de seguridad en el Ártico pueden y deben ser abordadas dentro de la Alianza Atlántica, sin necesidad de anexiones o compras de territorios; algo a lo que estaría dispuesto Trump según confirmó Rubio a un grupo de legisladores.

A pesar de las diferencias en el estilo y la intensidad de la respuesta, el núcleo del mensaje europeo es de unidad. El “G7 europeo” –Francia, Alemania, Italia, Polonia, España, el Reino Unido– emitió esta semana una declaración conjunta defendiendo la soberanía de la isla.

La gran incógnita que se despejará en los próximos días es si el plan de “represalias” de Barrot logrará el consenso necesario para ser aplicado o si, por el contrario, prevalecerá la línea alemana de diálogo y contención. Por ahora, Europa intenta encontrar el equilibrio entre proteger su integridad territorial y mantener viva una alianza transatlántica que, aunque tensa, sigue siendo el pilar de su seguridad.