Estoy que me subo por las paredes. Seguramente, sin razón, pero con un cabreo de los que trascienden a mi propia existencia. Les cuento. Por aquello de la logística familiar, el otro día cometí el error mayúsculo e imperdonable de coger mi coche para acudir a una esperada prueba médica en el HUA para, a continuación, llevar a un familiar la otra punta de la ciudad para acudir a otra cita con la sanidad pública. El plan era perfecto. Bien ideado en tiempo y forma, contemplando posibles vicisitudes y excluyendo rutas complejas. Todo parecía satisfactorio... Hasta que caí en la cuenta de que el tráfico en esta ciudad y la inexistencia de zonas de servicio suficientes junto a recursos hospitalarios para aquellos usuarios que necesitan del uso de un vehículo privado son insoportables. Tras dar mil vueltas en busca de un hueco en el que dejar estacionado mi utilitario a una distancia humanamente razonable, no lo encontré. Llegué tarde a la cita, con los nervios a flor de piel, jurando en arameo y, para más inri, un agente de la autoridad decidió recetarme, con razón objetiva, una denuncia por dejar el coche como pude. Definitivamente, hay ocasiones en las que el mundo parece confabularse en contra de la lógica. Desgraciadamente, sin solución.
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