Hay que reconocerle al señor Donald Trump su capacidad para no dejar indiferente a nadie. Desde luego, mudo no es y reservado, parece que tampoco. Los filtros que deberían regular sus discursos de cara a la ciudadanía, por responsabilidad, respeto, educación o, simplemente, por saber estar, se conoce que tienen un problema de fabricación de serie y que deberían pasar por el taller para una puesta a punto. Él habla (o se deja sentir en las redes sociales), y mucho, corresponda o no, haya hecho o lo haya imaginado. Según su forma de ver el mundo, que es la que transmite en sus comunicaciones, sea real o ficticia, hubiera acabado con la guerra de Vietnam en un suspiro, ha logrado terminar con la tiranía del régimen de los ayatolás, ha logrado rendir a sus pies a Rusia y ha finiquitado la guerra de Ucrania, aparte de haber puesto solución al problema de la inmigración ilegal en su propio país. Desde luego, interpretar con criterio analítico a un personaje de este calado significa hacer un esfuerzo titánico para buscar entre tanta maraña dialéctica y fanfarronería imaginaria algo de sustancia no etérea, no virtual ni propia de un episodio de ciencia ficción. De momento, el que escribe y suscribe estas líneas no lo ha logrado pese a haberlo intentado.