La muerte compró un billete de tren para Adamuz y miles de usuarios en X pensaron: ¡Bingo!. Uno siempre puede confiar en las redes sociales para premiar comportamientos absolutamente inmorales y aborrecibles mientras sean rentables. Como en un mercadillo en el que todo vale, los bulos salen unos tras otros para causar confusión, herir al personal y hacer política. De repente, todo el mundo sabe sobre ferrocarriles, cómo se cuidan las vías de los trenes y qué paso en 2013 en Angrois. Lo que dejan claro situaciones como esta es la necesidad de una formación constante sobre desinformación. La picaresca avanza más rápido de lo que nos gustaría y no podemos conformarnos con decirle a la gente que verifique lo que lee o ve cuando las mentiras cambian cada día. Mis padres me decían de pequeño que no pusiera mis datos personales en ninguna parte y, ahora, me toca a mí explicarles qué es un bot y cómo saber si una imagen o un audio ha sido creado por IA porque la sofisticación de los bulos va en aumento. El rastrero uso de esta tragedia para hacer caja –sea en forma de seguidores o votantes– nos recuerda que la única manera de hacer frente a la desinformación es no ser complacientes pensando que ya sabemos qué forma tiene.
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