Este año me he moderado. Solo he empezado el año nuevo con un abanico de buenos propósitos que puedo enumerar con los dedos de ambas manos. He pensado que es mejor ser práctico y cerciorarme de mi incapacidad para llevar a cabo lo que me prometo a mí mismo en un número de ocasiones abarcable para mi orgullo. Nada de grandilocuencias ni pretensiones de convertirme en mi mejor versión en todas las facetas de mi defectuosa humanidad, porque, en un par de semanas, la realidad y todas sus imposiciones son capaces de sepultar cualquier atisbo de cambio y transformación, por muy bien intencionado que este llegue entre brindis con cava y cotillones. En cualquier caso, y pese a mi convencimiento sobre mis escasas posibilidades de alcanzar esa pretendida metamorfosis tras los excesos navideños, creo que no es mala señal iniciar enero con un listado de voluntades. Al menos, eso quiere decir que uno es capaz de identificar aquello que no funciona en condiciones o que es necesario cambiar. Otra cosa bien diferente es que se sea capaz de hacer algo al respecto que implique dejarse en el camino vicios y virtudes a medias que, pese a no amoldarse al 100% a una bondad meridiana, dan vidilla en la vorágine del día a día.