La irrupción de la extrema derecha, capitalizada fundamentalmente por Vox, en las instituciones del Estado español parece haber encontrado su límite natural. Tras un periodo de ascenso, los datos electorales y las series demoscópicas oficiales reflejan lo que podría parecer un agotamiento del modelo. El espejismo de una marea imparable se disuelve ante la realidad de las urnas y un contexto internacional que ya no soporta sus tesis, o que no lo hace con la misma benevolencia. En las elecciones a las Cortes de Castilla y León, los datos definitivos de la Junta Electoral mostraron un resultado que, si bien puede permitir su entrada en la Junta, quedó significativamente por debajo de las expectativas generadas por su propio aparato de propaganda. La incapacidad para capitalizar el descontento rural de forma masiva y el crecimiento de las opciones del bipartidismo tradicional (PP y PSOE) marcó el inicio de un estancamiento que los trabajos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y del Centro de Estudios Andaluces (Centra) han terminado por certificar. La tendencia es descendente: el votante conservador parece retornar a fórmulas de gestión más previsibles ante la inexistencia de solvencia técnica y por su incomparecencia en los Ejecutivos en los que su peso político les obligaba a estar. Este repliegue doméstico es inseparable del hundimiento de sus referentes externos. El fin de la era de Viktor Orbán en Hungría ha privado a estas formaciones de su principal laboratorio político en Europa y de un aliado estratégico en el Consejo Europeo. La caída del modelo húngaro deja huérfana la narrativa de la alternativa iliberal –modelo que conjuga la legitimidad electoral con la erosión de los valores liberales–, demostrando que el aislamiento internacional termina por asfixiar las economías nacionales. A esto se suma la deriva de Donald Trump en Estados Unidos; su variabilidad estratégica y sus constantes cambios de criterio han convertido lo que antes era un faro ideológico en un factor de inestabilidad que genera rechazo en el electorado moderado. La conclusión es clara: la extrema derecha pierde trascendencia conforme desaparece el factor sorpresa y se evidencian sus carencias. En el Estado español, el electorado empieza a penalizar el ruido innecesario.