La campaña militar de Estados Unidos e Israel contra el régimen teocrático de Irán abre una crisis que, aunque limitada en términos de exposición directa, tiene aristas muy sensibles para las economías de la Comunidad Autónoma del País Vasco (CAPV) y la Foral de Navarra (CFN). Las características de ambas, profundamente industrializadas, intensivas en consumo deenergía y con un componente clave en la exportación, hacen que, más allá de las presiones o amenazas de Trump al conjunto de la economía del Estado, los tejidos productivos de los cuatro herrialdes se vean amenazados en caso de encarecimiento prolongado de la energía y un posible estrangulamiento de suministros clave. La reacción de ambos gobiernos muestra consciencia del riesgo: el lehendakari ha activado el Grupo para la Defensa Industrial para analizar “las potenciales afecciones” de la guerra sobre precios, relaciones comerciales y suministros, y en Nafarroa, el Ejecutivo foral ha iniciado contactos para medir la exposición de sus empresas y reforzar la apuesta por la descarbonización. Será preciso reforzar un escudo energético e industrial: diversificar mercados y proveedores, reforzar la autonomía estratégica europea y profundizar en la transición hacia renovables y eficiencia que reduzcan la dependencia del petróleo y del gas importados. Los gobiernos Vasco y de Navarra, han mostrado capacidad para abrir mercado en el Golfo y liderar la transición energética y vienen advirtiendo ese escenario a las instituciones de Madrid y Bruselas: sin energía asequible y segura, no hay ni empleo industrial ni soberanía económica posibles. Y, especialmente en la CAPV, se está muy lejos de disponer de una autosuficiencia energética, por los obstáculos políticos durante décadas al desarrollo de proyectos de generación renovable. Aunque Nafarroa tenga una relación comercial testimonial con la región en conflicto –un pico de 15,4 millones en 2024– la CAPV exportó en 2025 a Oriente Próximo unos nada despreciables 1.130 millones de euros. En términos de competitividad, está en la memoria la subida interanual del 72% de la factura eléctrica tras la invasión de Ucrania. Sin depender del suministro por él, la tensión en el Estrecho de Ormuz se traslada al precio global de la energía y a las cadenas de suministro. Hay motivos para actuar.