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Alipendi, 100 años de comunidad y pertenencia

Alipendi, 100 años de comunidad y pertenenciaDNA

Tuvieron que pasar muchos años hasta que pude ver un partido completo del Alipendi. Durante mi infancia, cuando no había WhatsApp ni Instagram y el único mecanismo para anunciar los horarios de los partidos era colocar unos carteles en los bares, tenía una manera muy particular de saber cuándo jugaba el equipo de mi pueblo. 

Desde la ventana de mi habitación se veía una parte muy pequeña del campo y los sábados, después de comer, me asomaba para ver si había movimiento y escuchaba ese bullicio que sólo el fútbol es capaz de generar. Si había suerte, me vestía todo lo rápido que podía y salía corriendo hacia un campo que cumplía con absolutamente todas las características que debe cumplir uno típico del fútbol regional: caseta roja de Coca-Cola que hacía el servicio de bar, una grada con lonas rajadas que difícilmente nos protegía de la lluvia en las frías tardes de un invierno que en Araia dura desde fiestas de Andra Mari hasta San Pedro, un marcador manual –al que ahora los modernos llamaríamos analógico–, unos pequeños focos que apenas alumbraban algunos metros y obligaban a terminar los partidos antes del anochecer y un terreno de juego que, después del primer mes de competición, tenía más barro que hierba, a pesar de las horas que Txelu le dedica a su cuidado. 

Mis primeros recuerdos son de un equipo con el mítico Alfredo de capitán. Algún ascenso debieron conseguir, ya que me vienen a la memoria imágenes de una celebración en la que decían que el presi les había prometido un viaje a Benidorm. Después llegaron tiempos menos felices. Y no me refiero al descenso de la temporada siguiente, sino al exilio. Una generación entera creció sin poder ver al Alipendi en Araia. La reforma de la zona deportiva, que coincidió con la crisis financiera de 2008, nos tuvo más de diez años jugando fuera, primero en Agurain y después en Dulantzi. Si el Alipendi ha podido cumplir cien años es, sin duda, gracias a todas esas personas que mantuvieron vivo al club en aquellos difíciles años. Jugadores, entrenadores, asistentes y, sobre todo, un presidente, Antia, que ha llegado a hacer el mismo día tres viajes (daba igual si a Vitoria, a Trebiño o a Laudio) para llevar balones, camisetas o jugadores a un partido. Entre todos consiguieron que al volver a Araia la gente se siguiera preguntando: ¿qué ha hecho el Alipendi?. La mayoría de las veces la respuesta era la misma: perder. 

Pero todo pasa y en septiembre de 2018 volvimos a casa, a un campo que ahora era de césped artificial y tenía incluso nombre: Arrazpi Arena. Y vivimos una época feliz. Ascenso a Preferente, a División de Honor, permanencia en el último partido… Pero, sobre todo, el campo lleno. Recuerdo días como el derbi contra el Agurain o aquella tarde inolvidable en la que ganamos al San Ignacio en el descuento y pude abrazar a mi aita antes de cruzar el campo para celebrarlo con el resto del equipo. 

Pero, como todo en la vida, aquello también pasó. Y llegaron tiempos más duros: el descenso y mi retirada del fútbol hace un par de años. 

Ahora veo con ilusión, cada vez que paso por el campo, el futuro que tiene este club. Una estructura seria, con coordinadores, entrenadores, jugadores y jugadoras y un buen grupo de voluntarios cada vez que hay un torneo que llena de gente y de vida el pueblo.

En un momento en el que el compromiso no está de moda, en el que las pantallas, la inmediatez y el desarraigo invaden nuestras vidas, el Alipendi nos enseña la importancia del deporte para hacer comunidad y construir identidad y pertenencia. 

Porque la vida nos puede llevar por muchos caminos, pero yo seré, para toda la vida, el portero del Alipendi.