Mientras muchos equipos son sostenidos por el vértigo y las individualidades, la final de la Champions League enfrentará a dos combinados construidos desde la estructura y la confianza en el colectivo. El Paris Saint-Germain de Luis Enrique y el Arsenal de Mikel Arteta son dos proyectos de autor en el sentido profundo del término: conjuntos moldeados que se proyectan como extensiones de las ideas de sus entrenadores. Ambos llegan a la cita europea de mañana en Budapest (18.00 horas) después de transformar clubes acostumbrados a convivir con la decepción en equipos reconocibles, competitivos y sostenidos por una identidad común que está por encima de cualquier estrella. Porque los líderes de ambos contendientes son sus técnicos, Arteta y Luis Enrique, los grandes artífices de llevar el cambio a sus entidades.
El campeón busca consolidarse
El PSG, vigente campeón, es un club que durante una década persiguió la Champions con las prisas de quien trata de comprar con dinero una tradición que solo concede el tiempo. La inversión económica reportó estrellas, notoriedad y un aplastante dominio doméstico, pero Europa siempre terminaba devolviendo la misma frustración, la sensación de que el desembolso o los nombres propios no eran suficientes. El proyecto parecía condenado a vivir entre el exceso y la decepción, hasta que Luis Enrique entró en acción para llevar a cabo una brillante conversión.
El técnico asturiano logró lo que parecía imposible, desplazó el foco de los nombres y lo situó en el colectivo, de las individualidades se pasó a la importancia del sistema. El equipo debía tener personalidad, con independencia de quién jugase. Esto se pudo ver en el partido de vuelta de la semifinal continental, cuando Luis Enrique sustituyó al vigente Balón de Oro, Dembélé, sin temblarle el pulso mientras la eliminatoria frente al Bayern Múnich aún estaba abierta. “Seremos mejor equipo”, proclamó el asturiano tras la salida de Mbappé. No se equivocó. Es un conjunto generoso en el esfuerzo, más estable, más compacto, más coral y ahora también más maduro tras levantar su primera Champions. Es una máquina de ganar.
Y es que el PSG llega a esta final, tercera de su historia tras la del curso pasado y la de la campaña 2019-20, cuando cayó ante el Bayern Múnich, con algo que antes no tenía: serenidad competitiva. Ya no es un equipo atenazado por el vértigo de la oportunidad. Presiona alto, monopoliza la posesión y ataca con una velocidad que no nace del desorden sino de la precisión. Porque cada movimiento sobre el tapete esconde una idea. El equipo es la imagen y semejanza de su entrenador, intenso, explosivo, orgulloso y ferozmente competitivo.
A dar el paso definitivo en Europa
El PSG juega bonito, en términos generales resulta espectacular, pero la estética es secundaria, es solo la consecuencia de un exitoso proceso; lo primordial son los resultados, ser competitivo. Esta también es la filosofía de Mikel Arteta en su Arsenal, al que ha imbuido la mentalidad ganadora. 22 años después, el club inglés ha conquistado la Premier League. Sin embargo, durante todo este tiempo transcurrido, el Arsenal ha estado condenado a vivir del recuerdo, de aquel magnífico equipo apodado como Los Invencibles que construyó Arsène Wenger pero que jamás conquistó la Champions. De hecho, el club está ante su segunda final de la historia; en la anterior cayó en la 2005-06 ante el Barcelona.
El tiempo fue erosionando la identidad hasta dejar al club atrapado entre la nostalgia y la irrelevancia. Y ahí emergió la figura de Arteta, la apuesta por un técnico joven, primerizo en el campo profesional, que ha gozado de la confianza como pilar de la relación entre club y entrenador. El guipuzcoano, endurecido por las cicatrices de la Premier, ha moldeado a su antojo. Y lo que comenzó como una reconstrucción, con la salida de pesos pesados y la llegada de nuevos rostros hambrientos, es hoy la reivindicación histórica de un club que ansía dar el paso definitivo en Europa. Arteta ha conseguido devolverle al club la convicción de que pertenece a escenario de los grandes clubes.
El Arsenal juega convencido de sí mismo, con solidez defensiva, con la pelota pegada al pie, con laterales convertidos en centrocampistas y una agresividad sin balón que no concede respiro. Es, al igual que el PSG, un mecanismo táctico sofisticado. El conjunto inglés también ha aprendido a sufrir. Las eliminatorias de Champions han ido endureciendo al vestuario hasta convertirlo en un bloque compacto, rocoso, peligroso incluso cuando enfrenta adversidades. En la Premier League, por ejemplo, perdió la dependencia de sí mismo tras liderar gran parte de la temporada, pero el equipo se recompuso para levantar el trofeo.
El recorrido hasta la final
En el recorrido por Europa, el Arsenal sufrió ante Bayer Leverkusen –superó la eliminatoria por la diferencia de dos goles–, Sporting Portugal –diferencia de un gol– y Atlético de Madrid –diferencia de un gol–. Eso sí, encajó solo dos tantos en los seis partidos de eliminatorias, los posteriores a una Fase de Liga en la que avanzó invicto: ocho victorias en ocho compromisos, y con un balance de 23 goles a favor y solo cuatro en contra. Es decir, es el único participante invicto, con once victorias y tres empates.
Si bien, a diferencia del Arsenal, el PSG encontró un camino a priori más complejo. Titubeó ante el Mónaco –5-4 en el global de la eliminatoria–, pero después aplastó a Chelsea –8-0– y Arsenal –4-0–, y doblegó al Bayer Múnich –6-5– en uno de los cruces más apasionantes de la historia de la competición. Un trayecto que bien ha podido reforzar la autoestima del vestuario. Si bien, los números son más discretos que los del Arsenal, con un bagaje de diez victorias, cuatro empates y dos derrotas.
No obstante, el plantel parisino ha anotado la friolera de 44 goles –2,75 por partido, lo que le sitúa a solo uno del récord histórico en una temporada, obra del Barcelona (1999-00)– y por otro lado ha encajado 22, datos que contrastan considerablemente con los de la escuadra londinense, que ha materializado 29 goles y ha recibido seis.
Dos técnicos que comparten ideas
La final mide además dos trayectorias paralelas. Arteta y Luis Enrique pertenecen a generaciones distintas, pero comparten una misma fe en el juego como forma de control emocional. Los dos, que adoptaron conceptos en la escuela del Barcelona, consideran que la pelota es un refugio. Obsesivos, comparten también la idea de que el fútbol es la ocupación racional de los espacios. Además, la presión y el esfuerzo no se negocian. Y los dos son conscientes de que un partido como este puede ser decidido por detalles, por un error individual, por un rebote, por un fugaz contragolpe o por una acción a balón parado, donde el Arsenal se ha diferenciado por encima de todos.
La presión ambiental puede ser un factor decisivo. El Arsenal carga con el peso de su historia incompleta y el temor a regresar al pasado, pero con la obsesión por cambiar los recuerdos. Su necesidad, es si acaso mayor. Por contra, el PSG, favorito para las casas de apuestas, goza de la confianza del vigente campeón, cuenta con el lastre de demostrar que el éxito no ha sido fruto de un año y es empujado por la ambición interminable. Uno persigue la primera Copa de Europa de su vida; el otro juega por la legitimidad definitiva. Ambos quieren dejar una huella definitiva y sus entrenadores, dejar una firma de autor.