Julián Berrendero, El negro de los ojos azules, por el contraste entre su tez morena y su mirada azul, siempre llevaba un lápiz en el maillot. Berrendero, ciclista excepcional, no se fiaba de nadie porque en los controles de aprovisionamiento, los primeros en presentarse solían arrancarle la punta al lápiz para impedir la firma de los que asomaban más tarde. Berrendero, que corría para ganar, -conquistó la Vuelta en 1941 y 1942- tenía su propio lápiz. “En la Vuelta, al principio, las trampas estaban al orden del día. Todo el mundo quería sacar ventaja de uno u otro modo”, describe Javi Bodegas (Lemoiz, 1956), autor del libro Los otros de la Vuelta, una biografía de 300 páginas y 78 capítulos de la carrera española más desconocida que puede ser adquirida en la web www.urtekaria.com por 18 euros.

Rebuscar en el baúl de la Vuelta no resultó sencillo. “Teníamos material gracias a algunas entrevistas que habíamos realizado a algunos corredores y otras que hicimos nuevas. También tocó acudir a la hemeroteca y a nuestra biblioteca sobre ciclistas. A partir de ahí hemos ido construyendo el libro”, relata Bodegas sobre el proceso de documentación. “Se podrían escribir 300 libros sobre la Vuelta porque las historias se agolpan”, resalta el autor, que ha necesitado año y medio para hilvanar una obra que bucea en la memoria de la carrera y de sus protagonistas. “En ocasiones te encontrabas con versiones muy distintas de un mismo hecho dependiendo de quién lo contara”. En su primera edición, la de 1935, la Vuelta premió al líder con un maillot naranja. “En la Vuelta de 1936 el maillot rojo era para el último. El farolillo rojo. En realidad era un premio al último y algunos ciclistas se escondían para hacer tiempo y ser los últimos”, cita el autor.

CORREDORES DE ORBEA Y BH

Bodegas, ojos vivaces, amante del ciclismo y de la historia, ha desempolvado los recuerdos del arcano de la Vuelta, cuya primera edición se disputó en 1935. Entonces, el pelotón se dividía entre los representantes de Orbea y los de BH, coloreados de verde y azul, respectivamente. Las bicicletas vascas pusieron a rodar la carrera, una idea de Clemente López Dóriga. En 1935, López Dóriga convenció al director del diario Informaciones, Juan Pujol, para organizar una gran prueba ciclista en España siguiendo la huella del Tour y del Giro. Así arrancó la Vuelta, una odisea. Antoine Dignef vistió el primer maillot naranja, el de líder, de la historia. Gustaaf Deloor fue el ganador final de la recién nacida Vuelta.

“En los años posteriores a la Guerra Civil mandaban la miseria y el hambre. Los ciclistas pasaban las de Dios. Además del hambre, los furúnculos y las diarreas por beber agua en mal estado estaban a la orden del día. Los ciclistas eran unos aventureros, aunque los buenos siempre vivieron de ello. Otros se buscaban la vida para lograr las primas que había en los pueblos, que podían ser dinero o comida. Se hacían auténticas barrabasadas por ellas”, expone Bodegas, que subraya que en las ediciones en las que se impuso Berrendero -“para mí uno de los mejores ciclistas”-, los suizos que se acercaron a la carrera tuvieron que retirarse con los cuerpos llenos de ampollas. “No habían tomado tanto sol en su vida”, dice el autor.

UN GENERAL PIDE EXPLICACIONES

La carrera era de carácter internacional y era imprescindible que llegara al final “algún extranjero aunque fuera arrastras”. En los tiempos negros de la dictadura, la presencia militar era tan notoria que incluso “hubo algún general que se presentó en carrera pidiendo explicaciones de por qué no había ganado un español. Era demencial”. No solo los militares aparecían en escena, los periodistas también irrumpían para imponer su criterio. “En ese aspecto, era un circo”, determina Bodegas.

La enconada rivalidad entre Jesús Loroño y Federico Martín Bahamontes dividió la afición en dos bandos irreconciliables. Figuras extraordinarias, “les seguían como a actores de cine”, el duelo de ambos supuso la explosión de la Vuelta. “En 1955 se retomó la carrera tras cuatro años sin celebrarse”. Por aquel entonces, se corría por selecciones. “Luis Puig era el director, pero había periodistas que seguían la carrera y daban órdenes. Cada corredor tenía sus periodistas y aparecían por allí para comerles la cabeza. Un circo absoluto”, revela Bodegas.

PEDRADAS Y DISPAROS

“En algunas ediciones, para que el pelotón lograra la media establecida por la organización, los promotores de la carrera pagaban a los corredores menos pudientes para acelerar la marcha. Era un caos y se veían muchos ataques sin sentido”, refleja el autor. En los 60, rememora Bodegas una llegada a Zaragoza. “Los aficionados la emprendieron a pedradas, tiraron de todo contra el pelotón porque los ciclistas llegaron a las nueve de la noche”. En esa década, Jacques Anquetil venció la Vuelta de 1963. “La organización, para que ganara la figura de turno, era capaz de montar una crono de 52 kilómetros en el segundo sector de la primera etapa”.

Considera Bodegas que la década de los 70 la salvaron el indómito y genial Luis Ocaña y José Manuel Fuente, El Tarangu. “Ocaña siempre me ha fascinado. Ganó solo una Vuelta, pero era capaz de reventar el pelotón. Atacaba dos días seguidos sin descanso y al tercero le pasaba algo, que si un despiste, una caída, pinchazos, mala suerte... Era genio y figura. Fue un ciclista que puso la Vuelta patas arriba, al igual que Bahamontes”. Fuente se llevó la carrera en dos ocasiones.

El salto de la Vuelta a la modernidad llegó con la incursión de Unipublic, en 1979. “Ganó muchísimo en popularidad”. Un año antes Bernard Hinault venció la carrera. “La Vuelta se profesionalizó mucho más, aunque se vivieron ediciones muy convulsas por las protestas sociales. Era la época de los clavos y las chinchetas en la carretera. También hubo tiros al aire en la penúltima etapa de la Vuelta de 1977. La última tenía que acabar en Donostia y al final se optó por llevar la carrera a Miranda de Ebro”, describe Bodegas, que cree que una vez que la televisión relató la Vuelta al detalle la memoria perdió peso “porque todo queda grabado en imágenes”. Berrendero disputó su última Vuelta en 1948. Se retiró al conocer el fallecimiento de su padre en plena carrera. Ya no necesitaba el lápiz. La otra Vuelta.