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Bastaba con un par de lentillas

José María Compañón / Puntista

Bastaba con un par de lentillasFoto: FAP

sería ésta de las que necesitarían doble capítulo. Y si no, triple folio. O capítulo aparte. En última instancia algo más de extensión, que ya se yo en qué acabaría todo. Me la cortan. Coge el jefe de sección y mete la tijera, eso quiero decir, con bronca posterior vía email. Una pena.

Histórico con mil historias y una experiencia larga y con fundamento. Así será la página de este viernes, cuyo protagonista, José María Compañón Duque, no es americano, ni yanqui, ni gringo, sino de Bernedo y muy de familia, que suena a “calabresa” el asunto, pero lo explico. Anduvo por los USA entre el 95 y 2005, los dos últimos años alternando Orlando y Ocala, donde ya mugían las vacas flacas, y sin embargo, aunque hecho al pasto, él prefería otro tipo de paraje, la montaña alavesa y la proximidad familiar. “Yo quería volver. Lo tuve claro siempre”, aclara. Ni obtuvo la nacionalidad, ni la residencia. Hubo de renovar el visado cada temporada. Nunca tuvo derecho a paro pero, por otro lado, la empresa debía hacerse cargo de un viaje de ida y vuelta al año. Era su derecho y bien que lo aprovechó. Sí se ganó la jubilación después de cumplir con los 40 quartes, cuatro al año, que la legislación norteamericana obliga para poder cobrar la pensión cuando llegue el día. En 2003 decide quedarse en casa para asistir al nacimiento de Izaro, la hija de su hermano Juanan, Konpa, y hacer oídos sordos a Ocala. Un año después le bajan el sueldo, “te lesionas mucho”, le dijeron -les sentó mal su negativa un año antes- pero en 2004 gana más quinielas que nadie, es el delantero con mejor balance de victorias y se queda a un paso de la triple corona. Le faltó el “single”. La triple corona se la quedó Robles, pero Josemari se ganó un aumento. Tuvo un buen año y ninguna lesión.

En 2005 vuelve a casa, no toca la cesta y decide apuntarse al equipo de fútbol de Maestu. “Es que nunca había probado jugar con unas botas de taco”, me dice sonriendo. Un año después, Isaías Ibarra le propone volver a competir, otra vez en serio, en cuanto observa que aún guarda la esencia de su juego, en los partidillos a los que se apuntaba de vez en cuanto junto a los viejos compañeros de club. Y el GRAVN nada menos. Junto a Amigorena. Con Mikel y Alain Álava consigue meterse en la final directa del torneo y se encuentran en la final con los vizcaínos Erkiaga y Aldazabal, a los que derrotan por 35 a 33 para lucir un título al que, siendo un chaval, sólo podía acceder desde las suplencias. Antes de estrenarse con los profesionales, a lo máximo que pudo aspirar fue ganar un par de ligas vascas en compañía de Sergio López, su pareja de baile habitual a finales de los ochenta y principios de los noventa, como aquella contra Armendariz y Pradera, de Guipuzcoa, nada más cumplir los 17 años. Lo importante, el Federaciones y el GRAVN lo jugaban los primeros espadas, Konpa I y Asier Lafuente. Pues bien, tras su primer GRAVN llegaría otro más, un año después, en 2007. Konpa II, Josemari, casi de vuelta, veía de paisano como Zárate y Amigorena cruzaban xistera ante Gipuzkoa. De pronto cae Zárate e Isaías, mirando al tendido suelta: “tú, sal”. “Yo no estaba ni inscrito en acta, creo”, -hubo lío por eso-, “no tenía ropa pero sí un par de lentillas en la riñonera”, con eso valía. Le prestaron ropa y como diría aquel: ¡a jugar! Vencieron a Guipúzcoa, cayeron luego ante los navarros Txelis y Txumari, aunque les devolvieron la derrota, “jugando un montón”, para meterse en la final y encontrarse de nuevo con los mismos rivales que un año antes. Y otra vez victoria, nuevo título y mismo resultado. Erkiaga y el hombre del récord, Aldazabal, números uno hoy en día, andan aún buscando los porqués de otro 35-33 en contra ante Álava. Dos txapelas increíbles. Después de eso apenas nada, excepto trabajo y familia, Elena e Irune, lo más importante, y caza. “Soy cazador”, reconoce, “de codorniz y paloma, y enganchado a la dama del bosque, la becada” lo que le desconecta del mundo, “en lo más sucio del bosque, donde hasta los perros llevan GPS para no perderse”. Íñigo Campo le metió el veneno, el mismo que llevan en la sangre gentes como Olaizola o Patxi Ruiz. Hará un par de años que cogió una pala de pádel, deporte en el que anduvo “trasteando un rato”, con los amigos y compañeros de Tuboplast, en Padel Júndiz “por culpa de Michel Madinabeitia”.

En 2012 jugó la última vez de blanco. En el pueblo, y para despedir a su hermano “yo sólo me fui una vez, le dije aquel día”. Nunca habían jugado juntos. Enfrente, Foronda y Endika. Se había estrenado a los cinco años en Zaramaga, en mano. Un año después, en el frontón de San Viator -los hermanos estudiaban en Miguel de Unamuno- vieron como un chaval jugaba con algo muy raro en la mano. Era Agustín Ibarra, sobrino de los Ibarra, pilar de este deporte en Vitoria. “En nada abrirán una escuela en Mendizorroza”, les dijo. Lo hablaron con el padre, con Chiguito de Bernedo, ex profesional de mano, convencido de que el futuro vendría del frontón largo y al Olave “que nos fuimos”. Juanan entró “pero yo tuve que esperar”. Era dos años menor. Juanjo Ibarra le enseñó e Isaías le pulió. Entre ambos le obligaron a jugar con la derecha, zurdo él, porque no hay puntista zurdo y ponerte la cesta en la izquierda es un peligro para los compañeros. Al hacerlo con la derecha reboteaba mejor, manejaba el revés con más destreza “pero sufría con el saque”. Konpatxiki en la cuadrilla, Konpa II en el frontón, Compañón primero y Konpa 22 después, con “ce” o “ka”, con “eme” o “ene” ganó a los 15, junto a Unai Fernández de Retana, el primer torneo serio, un provincial. Debutó en Bridgeport -frontón inversor en la escuela vitoriana, donde Txurruka oficiaba de intendente- en 1993, en diciembre, a donde llegó junto a Sergio López y Perugorria. Sufrió los rigores del invierno en el insufrible Connecticut. Se pasaba el día en el frontón. Por el frío y los peligros. Cambió a Milford y acabó en casa al año. Etxaniz, intendente en Orlando, le ve jugar en Gernika junto a Elizegi y se lo lleva de vuelta, esta vez al estado de Florida. “Aquello era otra cosa”, dice. Calor, buen ambiente, mucha fiesta y buenos compañeros. Barbacoas, celedones, pesca, surf, y “ver cómo despegaban los cohetes en Cabo Cañaveral, temblaba todo. Un espectáculo”. Once años y mil historias que no caben. La ayuda de Joseba Iñaki Elola, Tximela, las risas con Zugaza y Goitiz y las olas junto a Goikoetxea. Del frontón se acuerda menos. Apenas, de lo mal que lo pasó cuando se rompió el quinto metatarsiano y estuvo ocho meses parado. Luego jugó más, aprendió a hacerlo relajado, de otra forma; “no nos pagan por horas, majo” le diría Tximela. Entonces, donde ponía la lentilla ponía la bala. ¡Que no faltara en la riñonera. Por si acaso!