El programa DanzÁlava empieza este fin de semana a celebrar los diez años desde su puesta en marcha. Lo hace, desde Artium, de la mano de Guillermo Weickert, Premio Nacional de Danza, quien estos dos días ofrece un taller formativo, así como una actuación abierta al público compartida con Zuriñe Benavente e Ignacio Monterrubio. En este último caso, la cita en el museo alavés va a ser este sábado a las 20.00 horas, siendo el acceso libre.
Hace diez años, DanzÁlava se puso en marcha siendo usted el primer invitado.
–Igual hay gente de aquí a la que no le llega, pero lo cierto es que esta programación pone en el mapa de la danza internacional a Vitoria. Es algo que yo valoro mucho. A veces, desde dentro, iniciativas de este tipo pueden parecer que no son para muchísima gente, que no van a tener calado o que se hacen sin mucha continuidad. Pero no es así en el caso de DanzÁlava. Yo he venido como alumno también, a tomar clases de Meg Stuart y Mark Tompkins. Me acuerdo que estábamos gente de toda Europa, personas que en muchos casos estaban descubriendo Vitoria gracias a aquello. Eso me parece muy relevante. Además, como artista, es muy interesante que existan fórmulas de este tipo porque te sirven para mantener la ilusión y la motivación. La inspiración en tu práctica es fundamental y para eso es interesante el poder tener la oportunidad de cruzarte con algún artista que te saca un poco de tu práctica, te sacude y abre una puerta nueva. Eso tiene un impacto que dura luego muchísimo y que, a veces, es detonante de una obra concreta. Estos encuentros formativos suponen que alguien te pregunte de una manera distinta sobre lo que haces. Eso tiene un valor de mucho calado.
Trabajo intenso
En esta ocasión es un encuentro de dos días de intenso trabajo con el alumnado. ¿Cómo se viven?
–Una de las cosas más bonitas que ocurren en este tipo de iniciativas es la mezcla entre los profesionales que ya van muy a tiro hecho y quien tiene una práctica, por así decirlo, más amateur. Eso te pone en contacto con lo que te llevó a ti a hacer danza y lo que te llevó a dedicarte a esto, que es algo que muchas veces perdemos al profesionalizarnos. De pronto es estar en contacto con esa pasión, con esa no obsesión por la productividad.
¿Con qué idea clara le gustaría que se fuese quien asiste a este encuentro formativo en Vitoria?
–Quiero que sea como un impulso, un chute de inspiración para su práctica. En un fin de semana no te da tiempo a profundizar en qué es lo que hace cada una de las personas que asiste y cuál es su recorrido. Nadia Boulanger tiene un texto muy bonito sobre la docencia y dice que muchas veces te das la mano con alguien y ese encuentro, aunque sea muy fugaz, lo puedes recordar toda la vida, teniendo la sensación de que te ha cambiado; y, sin embargo, hay personas que te acompañan o que tienes cerca durante mucho tiempo y eso no se traduce en nada. Así que lo que me gustaría es eso, que se lleven como un fogonazo de algo que les haga reconectar con su propia práctica y que sea útil para ellos. En los talleres, a medida que me voy haciendo más mayor, intento menos enseñar. Busco compartir un tiempo con otro artista. Lo que me gusta es compartir precisamente la inquietud, la duda y la fragilidad. Porque pienso que a veces es más terapéutico y te devuelve más confianza en ti mismo el hecho de saber que todos estamos un poco en el mismo barco y en la misma duda. Y si te digo la verdad, casi que ambiciono más, a nivel tanto profesional como personal, esa idea de haberme encontrado con alguien del que me llevo cosas para mí mismo.
Así que el profesor nunca deja de ser estudiante aunque sea, como usted, Premio Nacional de Danza.
–Sí, pero bueno, el Premio Nacional de Danza ya sabemos, a estas alturas, que no cambia nada y que, además, depende de muchas cosas aleatorias. En cuanto a la pregunta, desde luego, yo creo que en lo artístico jamás, jamás, se deja de ser estudiante. Y, sobre todo, en lo que insisto desde hace mucho tiempo, especialmente en este tipo de encuentros, es en no intentar visualizarme tanto como profesor. Creo que en este tipo de talleres es más una cuestión de una colaboración entre artistas y en ese sentido no hay para mí niveles, ni hay una cosa de más experimentados o menos, o lo que sea. De experiencias como la de Vitoria yo me llevo muchas cosas y creo que quienes asisten también. A partir de ahí, y se lo digo así a los alumnos, mi idea es que, con lo que cuesta sacar un fin de semana para venir a una formación, hay que acudir con la idea de robar de los otros (risas). Yo soy el primero que vengo a robar y a llevarme cosas de la gente con la que estoy trabajando, y espero que ellos hagan lo mismo y me roben.
Actuación en Artium
Además, este sábado actúa para el público en Artium, en una cita que será a las 20.00 horas. ¿Qué va poder ver la gente que acuda al museo?
–Esta vez, Zuriñe Benavente e Ignacio Monterrubio me propusieron que hiciera algo solo. Pero les dije que no, que para mí, justamente, el poder venir y trabajar con ellos ante el público es una oportunidad. Zuriñe fue alumna mía en la escuela de Burgos. Ella era muy joven y seguro que le sonó a chino lo que le comenté, que es lo mismo que les digo siempre a mis estudiantes: “que sepáis que no os veo como alumnos sino como futuros compañeros, incluso jefes”. Zuriñe se ha hecho muy fuerte y, para mí, es una figura de referencia en la improvisación y la composición a tiempo real. A mí siempre me enriquece mucho poder estar con ella. Es una oportunidad de oro, además, el poder trabajar intergeneracionalmente. Puede parecer una tontería pero te vas haciendo mayor y, sobre todo en el terreno de la danza, es muy difícil cuando hay un hombre y una mujer no estar trabajando en el código de lo afectivo, de la relación sentimental. Pero trabajar con Zuriñe, y también con Ignacio, es una oportunidad increíble de seguir conectado con esa vitalidad, esa juventud y esa fuerza que obviamente tú la vas dejando y la sustituyes por otras cosas. Desde eso, en lo que vamos a ofrecer al público trabajaremos un poco en vacío. Siempre que vengo, ellos me proponen alguna canción que me encanta. La música de Ignacio es súper rica y Zuriñe siempre se da un margen de libertad y de locura que a mí me encanta.
Todo ello de cara a un público de danza contemporánea que todo el mundo dice que es minoritario, aunque es evidente que existe.
–Sí, sí, sí, sí. Aquí en Vitoria se ve de manera clara. En mi caso, las veces que he venido siempre me he encontrado con que viene mucha gente. Además, personas muy diferentes entre sí. Hay gente que se acerca porque vive cerca del museo y va a las actividades, por ejemplo. No es sólo esta cosa endogámica que tenemos a veces los de la danza. Yo, la verdad, siempre he tenido aquí experiencias muy buenas sabiendo también que este tipo de actividades no son de un interés mayoritario. Pero creo que está muy bien que sea así, que se defienda también que no necesariamente todo se tiene que volcar en los números. Muchas veces se entiende que lo más mayoritario es lo mejor. Pero donde se cuece un poco la contemporaneidad y donde estamos trabajando un poco por abrir líneas que dentro de unos años serán mainstream es en este tipo de contextos.