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EL MARCAPÁGINAS

Tiempo de prodigios

"La ciudad de las luces muertas es una obra incómoda y ambiciosa. En un momento literario obsesionado con la claridad y tramas perfectamente calibradas, este proyecto invita a explorar"

Tiempo de prodigios

La muerte ontológica de un referente cultural mundial como es Barcelona activa un universo paralelo arquitectónico y social en el que todo es posible. “Varias realidades físicas se pelearon por el mismo espacio y aparecieron en un mismo instante”. Lo fantástico es una herramienta de exploración intelectual aplicada como una lente de aumento, ya que al romper las leyes del tiempo se representa con nitidez la transformación de la ciudad, mental y simbólicamente, en una maravillosa cartografía de recuerdos. La oscuridad es una metáfora luminosa que vivifica la historia del conocimiento en un caos provocado para despertar conciencias y evidenciar ese anhelo tan humano que es la permanencia.

Tras el cataclismo, los diferentes espacios, descoordinados en tiempos y épocas, respiran olvido y culpa, personificando nuestro yo contemporáneo, espiritualmente opacado. Se desencadena una repetición obsesiva de imágenes (luz, sombra, memoria), que funcionan como campanadas en la noche, ritmando el relato, ya que las ciudades también reinciden en sus fantasmas, guerras y exilios. Uclés no ha caído en el recurso fácil de la empatía narrativa; su propuesta es mucho más profunda, la de la melancolía de una urbe que se ha convertido en un archivo vivo de ruinas y futuros abortados.

Desde una perspectiva existencialista, la novela dialoga con el vacío y el absurdo. Los conflictos bélicos destruyen el patrimonio que tardó siglos en construirse, la sociedad regresa a un tiempo de penumbra que se creía superado. El escenario humano de la novela presenta conciencias fragmentadas que deambulan desorientadas buscando una explicación a lo acontecido. Fascinados y vulnerables a la par ante la superposición de presentes, pasados y devenires, buscan cómo recuperar la luz y resarcirse de las cenizas. Esperan un despertar que retorne la calma y recree lo perdido, engrandeciendo las almas y los sentidos. 

La ciudad de las luces muertas despliega indicios que aportan magia y lucidez. Como en la poesía visual de Joan Brossa, se libera a las palabras de su mera función comunicativa para convertirlas en objetos cargados de crítica, en exquisitos caligramas bajo el paraguas de lo lúdico. La ciudad de Uclés no describe un espacio narrativo al uso: recrea un palimpsesto donde los significados han sido erosionados por la historia, la violencia o la memoria traumática, provocando una ruina arquitectónica y semántica que desarrolla una ironía elegíaca: la muerte de la luz espiritual. 

Portada del libro 'La ciudad de las luces muertas', de David Uclés

Barcelona se defiende como un espacio compartido que se resquebraja cuando las palabras dejan de coincidir con la experiencia, ya que su significado depende del uso social en la práctica. La luz previa al desconcierto simbolizaba verdad, cohesión y razón, equilibrios que se diluyen cuando aparecen las sombras, ante la imposibilidad contemporánea de sostenerse; tras una modernidad que prometía claridad, la posmodernidad no hereda sino fragmentos. El lenguaje ya no organiza el mundo, sino que constata su dispersión, con adagios poéticos: “La gente debería irse a morir fuera de las ciudades que han sido bombardeadas, para no herirlas más”. 

"Entre metáforas y silencios, relaciones y personajes aparentemente inconexos, el relato sugiere que toda comunidad corre el riesgo de romantizar ciertas nostalgias"

Los protagonistas evocan recuerdos de un futuro que no han vivido, en un trazado mágico de existencias atemporales y superpuestas, contemplándose con asombro entre las tinieblas. Esta coexistencia fascinante se funde la arquitectura con todos aquellos que habitaron la capital en algún momento de sus vidas en una única dimensión, cuya cometido es cuestionarse la frágil línea que separa la conversión de lo humano en monstruoso y la transición de la creatividad a la destrucción.

Desde un punto de vista orwelliano, la obra sería una advertencia sobre la oscuridad que amenaza el sistema. Reivindica la memoria como acto de rebeldía, luz y último reducto de la conciencia individual, titilante como un soplo de esperanza. A ciegas, los hombres han tropezado con el interruptor de la historia, vagando por una noche decretada “el apagón más eficaz no es el que oscurece las calles, es el que persuade a los hombres de que ver más allá de lo estipulado es una forma de traición”.

Novela

‘La ciudad de las luces muertas’.

Autor: David Uclés. 

Editorial: Destino. 

Páginas: 276.

Lo imaginado no es un lugar, sino una conciencia colectiva. La memoria funciona como electricidad residual; la prosa del escritor, barroca, sensorial y onírica, desarrolla una idea inquietante, la de que las ciudades no solo están hechas de edificios, sino de las versiones del pasado que sus habitantes deciden conservar. Entre metáforas y silencios, relaciones y personajes aparentemente inconexos, el relato sugiere que toda comunidad corre el riesgo de romantizar ciertas nostalgias, que, de repetirse demasiado, terminarían convirtiéndose en una forma de amnesia.

David Uclés, ganador del Premio Nadal 2026 con 'La ciudad de las luces muertas'

Las luces muertas simbolizan las viejas lámparas de una memoria selectiva, iluminando solo aquello que confirma el relato confortable del pasado y dejando en penumbra lo incómodo, lo conflictivo, aquello que exige una revisión ética de la historia. La ciudad literaria es construida como un organismo que respira pasado y crea una atmósfera densa y pesada en el presente. Los personajes sienten que algo antiguo vuelve a caminar por las calles, no como una amenaza explícita, sino como una familiaridad alarmante. 

"La ciudad de las luces muertas es una obra incómoda y ambiciosa. En un momento literario obsesionado con la claridad y tramas perfectamente calibradas, este proyecto invita a explorar"

El autor insinúa que los fantasmas históricos no regresan como espectros transparentes, sino como costumbres respetables: palabras y expresiones heredadas, con una cierta estética del orden que parece inocente hasta que deja de serlo. “¿Y la relación entre oscuridad y fascismo? ¿Es real?”. “Por ello, estudiantes universitarios, profesores y escritores decidieron juntarse para comprender lo que ocurría y ponerle una solución definitiva, y no solo paliativos como habían hecho los artistas horas y páginas atrás”. El escritor reflexiona sobre la fragilidad de la memoria democrática: una ciudad con luces muertas no está a oscuras, sino iluminada por el pasado, lo que resulta aún más perturbador.

Hay novelas que parecen escritas desde la urgencia de quien teme que el mundo se termine antes de acabar la frase. La ciudad de las luces muertas es una obra incómoda y ambiciosa. En un momento literario obsesionado con la claridad y tramas perfectamente calibradas, este proyecto invita a explorar. Impresiona sentir la vibración de los bombardeos, el eco de los pasos sordos de ciudadanos errantes caminando por calles desiertas con edificios cansados, atrapados en un espacio que no es un lugar, sino un estado de ánimo. Este texto no permite la impaciencia, exige lectores dispuestos a perderse. Y perderse, en una ciudad o en una novela, siempre será la forma más honesta de encontrar algo.