Después de tres años, el Festival de Jazz de Gasteiz ha podido volver a celebrarse en este 2022 con casi total normalidad. Ha regresado a sus sedes habituales, ha recuperado la calle y ha visto cómo otros escenarios paralelos de la ciudad se sumaban de nuevo a la propuesta. Todo ello en su cuadragésimo quinta edición, con lo que este tipo de cifras redondas suelen conllevar. Pero todas estas buenas noticias después de lo pasado a partir de la pandemia no han tenido ningún reflejo. Si la entrega de 2019 fue de transición hacia una nueva época tras el cambio de dirección y la 2021 de supervivencia frente a la crisis sanitaria –en 2020 no hubo certamen–, esta debe ser la de la reflexión profunda e inmediata.

La hora de pararse a pensar

Por supuesto, ningún análisis de lo sucedido estos días en la capital alavesa puede ser bueno teniendo en cuenta la noticia del fallecimiento de Iñaki Añúa. Fue él quien llevó el festival a sus cotas más altas de prestigio y calidad, y el destino ha querido que su última partida se produjera, precisamente, con el evento en marcha. Tras el verano se anuncia un homenaje. Ahora solo queda valorar su legado como destacado agente cultural del territorio, con lo bueno y también con lo malo, y acompañar a las personas más cercanas a él.

La hora de pararse a pensar

Pero dejando esta cuestión a un lado, lo cierto es que detrás quedan unas jornadas complicadas en las que el público no ha acompañado. Y se pueden poner mil excusas como el calor o los cambios de hábitos culturales tras la aparición del covid o lo ajustado del presupuesto o lo que se quiera, pero que en todo el festival el único concierto que haya despuntado un poco sea el que ofreció James Brandon Lewis el viernes en el Principal ya habla a las claras.

La hora de pararse a pensar

Es verdad que, sobre el papel, se esperaba más del cartel del sábado, que Marcin Masecki, Yazz Ahmed y Snarky Puppy remaron a favor en sus actuaciones, y que el nuevo escenario del Prado es una buena idea a fortalecer en el futuro, pero hasta ahí. Buena parte de los mismos problemas y fantasmas que aparecieron en las últimas ediciones antes del cambio de presidencia en la asociación cultural responsable del evento están de nuevo presentes, todo ello mientras la asistencia no para de caer, por mucho que alguien se quiera hacer trampas al solitario con el concierto de Kase O.

La hora de pararse a pensar

Claro que hay situaciones de las vividas estos días que eran previsibles. Traer para abrir las dobles sesiones de Mendizorroza a intérpretes que no están girando porque no tienen nada nuevo que ofrecer o que justo reúnen un proyecto para actuar en Vitoria se sabía que iba a traer problemas. También se podía intuir que iba a tener sus consecuencias el hecho de contar con teóricos cabezas de cartel que al mismo tiempo que tocaban aquí lo hacían, o un día antes o un día después, en Madrid, Barcelona y otras ciudades que han sido caladero tradicional de espectadores del evento. Que del festival no se supiera nada hasta finales de marzo, a poco más de tres meses de su realización, tampoco ha sido de mucha ayuda.

La hora de pararse a pensar

El certamen tiene argumentos pasados pero también presentes para garantizar su futuro, además en muy buenas condiciones. Hay personas, ideas y criterios suficientes para ello. Pero es el momento de pararse y reflexionar, y hacerlo sin perder de vista a los espectadores, a los que no han acudido nunca, a los que, por las razones que sean, no han vuelto, pero, sobre todo, a los que todavía siguen ahí y están dispuestos a permanecer, pero siempre y cuando se puedan llevar una alegría de vez en cuando, algo que no ha pasado este año.

La hora de pararse a pensar

Habilitar las tablas del parque del Prado en fin de semana o abrir un nuevo espacio de esparcimiento entre conciertos en el exterior de Mendizorroza son medidas que suman, que complementan y que hacen que el público tenga buenas sensaciones y se sienta cómodo. Son ideas que hay que valorar, desarrollar y ampliar, algo en lo que el festival está desde 2019, más allá de que la pandemia haya paralizado o ralentizado algunos planes. En eso el certamen está acertando y son cuestiones que terminarán dando sus frutos, sin duda. Pero al final, todo esto se reduce a lo mismo, a la música. Es lo primero que hay que cuidar, confeccionado carteles que respondan a unos criterios. Los que sean, pero que estén claros y se apliquen en todas las secciones.

A partir de ahí, solo hay que empezar a descontar los días. La edición de 2023 empieza a dibujarse. Ojalá pueda producirse en un contexto sanitario mejor que el actual y si es posible con algún grado de temperatura menos. En cuanto al certamen, solo queda confiar en que las reflexiones que se tienen que hacer lleguen a buen puerto. Será lo mejor para todos, empezando por la propia ciudad.