Hay ocasiones en las que no hay que volverse loco esperando ver la actuación del siglo. Parece que no es tanto pedir, pero qué alegría supone cuando se puede disfrutar de un buen concierto, tan sencillo y tan importante como eso. Parece fácil de decir, pero no tanto de escuchar. El Festival de Jazz de Vitoria de este 2022 está siendo un claro ejemplo sobre lo complicado que parece encontrarse con una buena propuesta bien ejecutada de principio a fin, además en un buen ambiente propiciado en primer lugar por quien está sobre el escenario. Menos mal que por fin ha aparecido Marcin Masecki. 

El multifacético pianista polaco, metido en uno y mil proyectos al mismo tiempo, ha recuperado para la ocasión la propuesta construida junto al batería Jerzy Rogiewicz en torno al ragtime hace como un lustro y plasmada en un más que recomendable disco. Y en Vitoria ha vuelto a demostrar que ese acercamiento a un género en apariencia sencillo sin mucha capacidad de desarrollo es todo lo contrario, sobre todo cuando está en manos que saben lo que hacen.

En un recital que casi no ha llegado a la hora y cuarto, ambos han desplegado un concierto que aunque en todo momento ha versado sobre el mismo eje, ha sabido ser en todo momento sorprendente, ágil, intenso y divertido. No ha habido lugar al aburrimiento o a esa sensación de repetición permanente que está acompañando esta edición del certamen en sus distintos escenarios. Por fin, el público ha podido disfrutar de ese buen conciertos que se necesitaba y lo ha agradecido con varias largas ovaciones a lo largo del recital, el mejor indicativo de que la conexión con las tablas ha sido total. A eso también ha ayudado, eso sí, la maestría de Masecki a la hora de hablar en un perfecto castellano.