Gaueko

(XV) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

31.03.2020 | 23:00
Audiofragmento del capítulo XV, locutado por Kati Simon Eizagirre.
Ilustración de Kiko Pérez.

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

Aita? Preguntó Nagore. Esan, alaba. Dijo Landa. Gaba oso arriskutsua dela ikusi dut. Dijo Nagore. La noche es peligrosa porque ahora más que nunca está habitada por el Gaueko, que desde los montes del Duranguesado llega hasta las ciudades, hasta esta pequeña ciudad, hija mía. No se le puede ver. Pero se le siente. Sostuvo Landa. ¿Qué es el Gaueko? Preguntó curiosa Nagore.

La noche se movía sigilosa como anaconda bajo la superficie de su personal pantano sumergida tras las ventanas. Horacio Quiroga escribía. También lo hacía Joxe Miguel de Barandiarán desde su casa en Ataun. Esto no lo pensó Landa. Estaba en otra cosa.

Landa intentaba explicar a su hija qué cosa era el Gaueko. Es muy difícil de explicar. Dijo Landa ¿No lo habeís dado en la ikas? Preguntó Landa a su hija Nagore. No me suena, aita, por eso quiero que me lo expliques. Dijo Nagore. Landa quería iniciar su explicación. Landa no sabía cómo hacerlo. Pero los ojos grandotes de Nagore estaban esperando y Landa era su padre. Por eso mismo Landa tenía que dar una respuesta a su hija. Landa trató de que aquella fuera lo más exacta posible.

El Gaueko vive cuando se va el sol. Es el señor de la noche. Hace muchos, cientos de años, los seres humanos le pidieron a Mari, la dama de Anboto, que les ayudara contra él. Y Mari tuvo dos hijos. Ilargi y Eguzki. La luz de la oscuridad, la luna y el sol, la luz del día. Con ellos intentaron controlar al Gaueko pero no lo consiguieron del todo porque este ser al que no podemos ver siguió manteniendo su tiempo y cuando caía el sol, como ahora, poco después de los aplausos, se hacía dueño de todo, hasta de las sombras. Explicó Landa. La única manera de evitar su influjo es no salir de casa a la noche, y si es posible, colocar un eguzkilore en el dintel de la puerta. Si acaso el Gaueko llegara a nuestra casa, se le pasaría su tiempo de poder contando los dientes del girasol, y no llegaría al contaje de todos hasta que amaneciera, por eso un eguzkilore nos protege del Gaueko. Explicó Landa a Nagore.

¿Y a la abuela Teresa le protege el eguzkilore donde está? Preguntó Nagore. Para eso Landa no tenía respuesta. Al principio. Al rato se le ocurrió una idea. Podemos salir a la puerta y le hacemos una foto al nuestro. Dijo Landa. Luego se la mandamos a la abuela. Si me dejas el móvil la hago yo, aita. Dijo Nagore.

Un bip entró con el sonido de una nota musical tocada en tecla de piano en la habitación de una de las plantas del gran hospital de Txagorritxu. Se iluminó la pantalla del móvil de Teresa. Se quedó iluminada unos segundos. Ese minúsculo sonido y la pequeña luz de la pantalla fueron suficientes para que Teresa entreabiera los ojos. Fueron suficientes para que cogiera el móvil, para que abriera su whatsapp y para que viera la imagen del eguzkilore.

Lo acaba de ver. La abuela Teresa lo acaba de ver. Dijo Nagore. Ya está protegida. Dijo Nagore. Landa sonrió.

Era la noche del decimocuarto de cuarentena y Teresa llevaba tres días ya en el hospital. Los primeros síntomas, fiebres, tos seca, le asustaron. Por eso habló con su hijo Landa. Alberto le preocupaba más que su salud. Lo que más le preocupaba era Alberto. No te preocupes por él. Le dijo a Teresa su hijo Landa. Yo le atenderé. Pero él no quiere salir de su casa. No te preocupes. Yo le atiendo. Dijo Landa.

Una ambulancia llevó a Teresa al gran hospital de Txagorritxu y a la planta donde entre otras enfermeras y médicas, de vez en cuando era atendida por Jelen. Aquella noche, mientras Landa explicaba a su hija Nagore qué era el Gaueko, la hidroxicloroquina del tratamiento seguido por Teresa le provocó una serie de visiones que le hicieron gritar más de la cuenta en sueños. Jelen, que se encontraba de guardia, acudió presurosa al cuarto donde estaba Teresa. La calmó. Teresa despierta. Teresa con los abiertos ojos en tersura tensa. No te preocupes. Le dijo Jelen colocándole la mano enguantada en el pecho, encima de las sábanas que cubrían a Teresa. Había un gigante en la habitación. Los pies eran mucho más grandes que el cuerpo. Dijo Teresa. Es la medicación. Le tranquilizó Jelen. No te preocupes. Y he visto a Alberto. Dijo Teresa con un hilo de voz ¿Quién es Alberto? Preguntó Jelen. Es mi marido. Dijo Teresa. Pero no podía dejarle entrar. Alberto llamaba a la puerta y yo le decía que no podía entrar. Que lo hacía por él. Dijo Teresa. Trata de dormir. Dijo Jelen. Yo me quedaré aquí mientras vuelves a coger el sueño. Dijo Jelen. Alberto. Dijo Teresa. Alberto. Dijo Teresa.

Durante la mañana del decimoquinto comenzó a nevar en la pequeña ciudad. Rachas de copos de nieve caían a las calles, a los jardines, a los tejados, a la carrocería de los coches detenidos hace días, al asfalto, a los altos árboles y a los arbustos enanos. La nieve buscaba toldos en los que desfallecer de blancura pero no encontraba ninguno. Nagore observaba aquel espectáculo desde la ventana de su habitación. Landa, recién levantado, se puso junto a ella para disfrutar de aquella visión mágica. Hace mucho que no nieva en marzo. Dijo Landa. Ya verás como así el Gaueko se queda en sus montañas, metido en la cueva y no molesta a la abuela Teresa. Dijo resuelta Nagore. Landa sonrió. Continuará...