Paralizada

(XIV) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

30.03.2020 | 22:26
Audiofragmento del capítulo XIV, locutado por Juan Felipe Marañón.
Ilustración de Kiko Pérez.

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

En su cabeza, con una luz de cuadro impresionista tipo Camille Pisarro, estaba la pequeña ciudad, con sus calles iluminadas por un sol de primavera frío y sonoro, en las que vidas con horizonte llevaban a buen término sus pequeñas incertidumbres domésticas.

Y luego había también, en la mente de Amalia, palabras que llevaban a una calma indescriptible. Porque con alegría saldréis, y con paz seréis conducidos; los montes y las colinas prorrumpirán en gritos de júbilo delante de vosotros, y todos los árboles del campo batirán palmas. Isaías 55,12. Leer aquello era como dar un golpe a la razón, para que la razón no tuviera miedo.

Amalia leyó aquel pasaje en su antigua Biblia. Abierta al azar. No sabía por qué, pero durante esos días la llevaba consigo al trabajo. Era de cuando estaba metida en esos rollos en la parroquia del barrio de Adurtza, cuando había un sacerdote muy cercano en la Parroquia San Ignacio, la del Cauce de los Molinos. Un sacerdote que en verano les llevaba a Picos de Europa o al Valle de Hecho. El osito le llamaban. Y tampoco podía más, como Unai, aunque no se conocieran. Y algunos versículos le hacían bien. Dame una palabra tuya y bastará para sanarme. Si pudiera ser todo así.

Ese día, el decimotercero de cuarentena, habló con mucha gente para despedir a mucha gente. Los contratos temporales de las distintas trabajadoras y trabajadores que gestionaba en la ETT permitían todo eso. Aunque a ella le doliera el alma cada conversación, cada familia tras cada charla, pero tenía que ser fría. Era un témpano al teléfono. Tenía que serlo. Seguía instrucciones. Porque aquel e-mail en inglés que recibió la decimosegunda de cuarentena desde Londres lo ponía todo muy clarito.

Hasta que le llamó Loló. Y con Loló surgieron nuevas temperaturas emocionales. Loló era la compañera, la mujer de su querida amiga Arantxa. Y Amalia le explicó. Y Loló dijo, ¿Pero también con nosotras? Loló se refería a ella, y a la gente que llevaba más tiempo que otras trabajando para aquella ETT, las horas que hiciese falta, en la fábrica que les dijeran, cuando Amalia les indicara, el mes o los meses que hiciera falta. Y Amalia recordó unos versos antes de contestar. Unos versos de Jorge Manrique.

Pues si vemos lo presente/ cómo en un punto se es ido y acabado/ y si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido /por pasado/ No se engañe nadie, no pensando/ que ha de durar lo que espera/más que duró lo que vio/ pues que todo ha de pasar por tal manera.

Sí, le dijo entonces Amalia a Loló. Sí. Le dijo Amalia a Loló. Sí. Le dijo Amalia a Loló. Lo siento. Le dijo Amalia a Loló. En este ERTE que os haré también hay un ERTE que me tengo que hacer a mí misma. Amalia acabó de hablarle a Loló y se quedó en silencio. Es una putada. Dijo Loló.

Lo sé. Dijo Amalia ¿Cómo estáis? Preguntó Amalia. No te preocupes, Loló, cuando acabe todo esto volveremos a contratarte. Dijo Amalia. ¿Y cuando será ese cuando acabe todo esto?, preguntó Loló. Pues no lo sé. Dijo Amalia. Hay que confiar. Dijo Amalia. No lo sé. Dijo Amalia. Ayer estuvo Ray en tu oficina. Dijo Loló. ¿Ray? Preguntó Amalia. Sí. Dijo Loló. Mi hermano Ray. Dijo Loló. Lo conoces de sobra. Dijo Loló.

En ese momento Amalia recordó al mensajero que se negaba a entrar en su oficina. El que dejó el paquete en la calle porque no quería entrar. Porque Amalia tampoco quería salir a recogerlo. Esa pequeña pelea idiota. Pues si tú no, pues yo tampoco.

No puede ser. Pensó Amalia. No puede ser que fuera Ray. Pensó Amalia ¿Ray? Preguntó Amalia a Loló. ¿Tu hermano? Preguntó a Loló Amalia. No te hagas la tonta, le dijo Loló. Le conoces de sobra. Le dijo Loló. No le reconocí. No me di cuenta. No entró en la oficina. Dijo Amalia con un timbre de voz parecido al de una persona como ella, Amalia, en el preciso instante en el que otra persona, Loló, le pilló mintiendo. Aunque Amalia no mentía a la pareja de su amiga Arantxa. Amalia no reconoció a Ray. Tampoco se acordaba mucho de él. Fue poco tiempo el que estuvo con él. Una noche. Tres horas. Bailaron mucho. Bailaron bachata, tango y kizomba en un local de Beato. Toda una noche no. Solo tres horas. Y luego. No fue ni en la casa de Ray ni tampoco en la casa de Amalia. La voz de Loló cortó a navaja el pensamiento de Amalia que seguía devanándose como el hijo de un huso hacia aquel único día en el que estuvo con Ray.

Él si que se acordaba de ti. Ray sí que te reconoció. Podías haber sido mucho más amable con él de lo que fuiste. A ti la gente te importa una mierda. Pero la mierda no somos la gente. Piénsatelo. Quizá la mierda seas tú. Te parecemos papel higiénico. Te limpias con la gente y nos tiras al water cuando estamos sucios, cuando te limpias con nosotros, cuando ya no te valemos para lo que te vale la gente. Dijo Loló de golpe, como excitada por eso que no había querido decirle a Amalia, pero que le salió como si estuviera encapsulada en la tensión de otra Loló que por momentos no era Loló. Amalia se quedó en silencio. Loló se quedó en silencio. De fondo se oía, las dos la oyeron, la voz de Arantxa que gritaba desde el balcón de la casa de Loló. ¿Con quién estás hablando, Loló? Continuará...