Noción del tiempo

(VII) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

24.03.2020 | 01:03
Ilustración de Kiko Pérez.

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

Aita no te preocupes. Yo sola encontraré las otras llaves. Espera quietito ahí. Nagore dijo esto a la puerta del camarote tras la que su padre escuchaba a oscuras el día séptimo de la cuarentena por la tarde. Nagore se había empeñado en ganarle a su aita la revancha del Campeonato de Esquí del Mundo. Por eso estaban como estaban ahora. Porque el mando que Nagore necesitaba para arrebatarle el Campeonato a Landa tenía que estar en una de las muchas cajas del camarote. Ese mando es infalible, aita.

La puerta se le cerró de golpe. Landa dentro. Nagore fuera. Con los nervios se le cayeron a Landa las llaves que se hundieron de inmediato en la oscuridad. Landa las buscó a tientas. Landa no las encontró.

Nada más decirle a su padre que iría a por las otras, Nagore inició su misión. Ella era la única heroína de aquel edificio situado en el barrio de Lovaina, seguro que por eso vivían en el piso más alto. La única que podía liberar a su aita del camarote. Solo tenía que recordar donde estaba el segundo juego de llaves. ¿Dónde están las llaves? ¿Dónde está el fondo del mar?

Mientras entraba en su casa, que mantenía aún la puerta principal de par en par abierta, Nagore recordó que su padre y ella jugaron al veo-veo durante la noche anterior. Ventana a ventana. Niñas. Chavalas. Niños. Chavales. Ventana a ventana. Las voces lanzaban palabras que llegaban con anhelo hasta la casa de cada turno. Desde la ventana de la casa donde estaba posado el turno, volaban como respuesta fríos noes y templados uys, como si estas pistas que salían de la casa con turno fueran palomas con mensajes en el pico que viajaran llevando malas noticias. Se producía un pequeño silencio cuando alguien acertaba. Algunos aplaudían. Se oían sonrisas. Carcajadas. Y vuelta a empezar.

Cuando a Nagore le tocó, porque acertó la palabra compota, una palabra difícil, Nagore apretó los labios y cerró los ojos. Quería estar a la altura de aquella chica que seguro estaba en tercero de la ESO, no como ella, que marmotaba en sexto de Primaria. Y más ahora, con el curso roto. Necesitaba una palabra que estuviese a la altura de compota.

Vamos, hija, que están esperando ¿La tienes? Ya está. Pensó Nagore. ¿La tienes?. Insistió Landa. Entonces Nagore gritó con fuerza ¡Ya! y arrancaron a volar las palomas de uno a otro edificio. Hicieron varios viajes de ida y vuelta hasta el mar, con palabras en el pico que no valían. Paso un tiempo lleno de palomas. Al final las ventanas se cerraron como puertas. Padre e hija se quedaron solos. Has pensado una palabra muy difícil, ¿no te parece? Preguntó Landa. Sí. Contestó Nagore. ¿Puedes decirme cuál es? Preguntó Landa. Confinamiento. Contestó Nagore. La repites todo el rato, aita.

Durante la tarde del séptimo de confinamiento, Landa esperaba a que llegara su hija con el segundo juego de llaves. Siempre pensó en ponerle luz al camarote. Nunca lo hizo. Ahora se lamentaba. El camarote estaba lleno. Landa tenía poco sitio para moverse. Cada poco se agachaba y volvía a palpar objetos irreconocibles en busca de las llaves. Acostúmbrate a la oscuridad. Pensó Landa. Cuando se te hagan los ojos a la oscuridad tocarás las llaves. Pensó Landa. Ya no sé ni cuánto llevo aquí.

Trató de pensar en el último espacio con tiempo seguro de su mente. Ah. Sí. Se dijo Landa. Fue cuando se imaginó a Nagore bajando los diecisiete escalones que subían hasta el camarote desde su casa. Eso ocurrió después de que Nagore le dijera desde el otro lado de la puerta cerrada. Espera quietito ahí. Imaginó las cintas de las zapatillas de ballet que llevaba puestas Nagore. Las zapatillas que no le dio tiempo a atar, porque cuando Landa lo estaba haciendo, a Nagore se le ocurrió jugar a la wii.

Fantaseó con que aquellas cintas, mientras Nagore descendía los diecisiete escalones hasta su casa, se fueran alargando como hilos de Ariadna y llegaran hasta la raja baja de la puerta, y la traspasaran, y él pudiera sujetarlas para tirar de Nagore cuando perdiera del todo la noción del tiempo, como si él fuera el Minotauro y Nagore Ariadna. Pero no. Más atrás. ¿Cuándo empezó todo? Se dijo a sí mismo Landa. Y vio las cintas en una y otra pierna de Nagore, su hija, mientras ella no paraba de jugar a la wii.

¿Te puedes estar quieta? Le dijo Landa, porque así es imposible trenzar las cintas. Tu profesora de ballet me ha dicho que debes seguir con las clases en casa. Le dijo Landa. Nagore le miró con cara de disgusto. Estoy en pleno Campeonato del Mundo de Esquí, aita. ¿No lo ves? Luego. Dijo Nagore.

Landa entonces dejó las zapatillas. Se puso a jugar a la wii con su hija. El enfrentamiento entre un Landa sueco y una Nagore finlandesa fue atroz, a cara de perro. Varias series. Sudor. Esfuerzo. Tensión. Saltos. Durísimo. Al final, un mando de la wii salió escupido contra una pared. El de Nagore. Landa había ganado. Landa era campeón del mundo de esquí. Landa corría por el pasillo. Landa gritaba. Landa cogía de los mofletes a su hija Nagore. Landa se subía al sofá. Landa perdía la noción de sí mismo y del tiempo. Solo detuvo Landa su loca celebración cuando oyó el grito de Nagore cabreadísima por quedar segunda.

Aita, no te cebes, no te me motives tanto. Aita, es la wii. Aita, solo es un juego. Continuará...