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Infancia colonizada

Esta semana termina el colegio y empieza la gran ficción del verano: tres meses de, presunta, libertad para los estudiantes y tres meses de ingeniería doméstica para los adultos. El alumnado sale del aula. Y las familias entran en campaña. Hay que cuadrar horarios, abuelos, permisos, dinero y… paciencia. La conciliación vuelve a demostrar que, en España, consiste sobre todo en conciliarse con la realidad.

Las vacaciones escolares conservan algo de nuestro pasado agrícola. Durante mucho tiempo, el calendario se organizó alrededor de las tareas del campo. También pesaron el calor y las malas condiciones de muchas escuelas. El modelo sobrevivió a la mecanización, a la incorporación masiva de las mujeres al trabajo y a los cambios sociales posteriores. Ya no hace falta mandar a los niños a recoger la cosecha –aunque no estaría de más intentarlo– pero sigue haciendo falta averiguar dónde colocarlos hasta septiembre.

Eso no significa que el profesorado pase tres meses tumbado bajo una sombrilla. Enseñar desgasta. Preparar clases, corregir, atender conflictos, tratar con familias y mantener la atención de grupos numerosos no es una cura de reposo. Alumnado y docentes necesitan descanso. El problema es otro: el calendario escolar y el laboral pertenecen a sociedades distintas y llevan décadas evitando saludarse.

En ese vacío aparecen las colonias. La palabra resulta perfecta. Se coloniza el verano, se divide en semanas y se llena de actividades para que no quede ni una hora sin administrar. Hay colonias deportivas, lingüísticas, tecnológicas, ambientales y culturales. La infancia descansa del colegio entrando en otro horario, con otra mochila y, a veces, con deberes disfrazados de diversión.

Gasteiz ofrece este verano 2.370 plazas municipales dentro de Udan Gozatu!, con rincones de juego, ludotecas, naturaleza, playa, actividades náuticas y colonias musicales. A ello se añaden campamentos de teatro, dibujo, pintura, manualidades, robótica y muchas propuestas privadas. La ciudad se convierte en una enorme agenda infantil. Quien puede pagar elige. Quien no puede, improvisa.

Las colonias artísticas tienen, al menos, una ventaja: no prometen fabricar futuros genios ni mejorar la competitividad de nadie, aunque siempre habrá quien intente venderlas así. Dibujar, pintar, actuar, hacer un cómic o levantar un fanzine permite algo poco rentable: probar sin saber, equivocarse sin pedir disculpas y crear sin que todo tenga que convertirse en una competencia evaluable.

Zas Kultur organiza de nuevo sus campamentos de arte, coordinados por Okre, del 22 de junio al 24 de julio. En grupos pequeños y a partir de seis años, se trabajarán el dibujo, la pintura, la ilustración, el cómic, el muralismo, la estampación, la caligrafía, el fanzine y el arte digital. También sirven para conciliar, por supuesto. Pero entre aparcar a la infancia y darle un espacio para manchar, pensar y hacer hay una diferencia. No resuelve el verano. Al menos evita que venga completamente prefabricado.