Doctrina social
Como si de un rescatador de la doctrina franquista que calificó de Santa Cruzada la Guerra Civil se tratara, el hombre que dicta o Gran Dictador Donald Trump, ha publicado en redes sociales un montaje visual en el que aparece retratado como un Jesucristo sanador y salvador. A ello se ha sumado el enfrentamiento dialéctico del presidente norteamericano con su coterráneo Robert Francis Prevost, el pontífice León XIV, que ha acusado acertadamente de inmorales e irresponsables las apocalípticas amenazas militares del primero.
La intensa polémica ha servido, además de para dejar en evidencia que el pensamiento cristiano se sitúa a años luz de la prédica y la obra trumpista, para que colaboradores y tertulianos hayan puesto el foco de atención en el concepto de Doctrina Social de la Iglesia Católica, que desde finales del siglo XIX, marcó un punto de inflexión en la evolución de la principal corriente de la cristiandad.
En 1848, el mismo año que Karl Marx y Friedrich Engels publicaron el Manifiesto Comunista, el entonces obispo de Maguncia Monseñor Ketteler, pronunció en su catedral dos famosos discursos en los que expresó que el concepto de función social de la propiedad privada (la propiedad no es un derecho absoluto) estaba asociado a la tradición de la Iglesia. Fue este uno de los puntos de arranque de un período (1860-1890) de construcción de un corpus doctrinal socialcristiano adecuado a los acontecimientos y necesidades de aquel momento; un corpus doctrinal que, encarando las nuevas realidades sociales, pretendía dejar atrás el poso reaccionario que, en muchos países, mantenía la oficialidad religiosa.
En 1891, el Papa León XIII (sin duda, Robert Prevost ha querido recoger su legado) promulgó como expresión del sentido cristiano de la libertad humana la encíclica Rerum Novarum (de las cosas nuevas), un documento papal –que algunos autores han calificado de Carta Magna de la justicia social–, dedicado a la cuestión social que, entre otras cuestiones, exigía el reconocimiento del asociacionismo laboral y los derechos de los trabajadores (descanso dominical, prohibición del trabajo infantil, salarios justos, protección de la mujer, previsión social etc.). El texto, enmarcado en un contexto de capitalismo salvaje que enriquecía a unos pocos y condenaba a la miseria a una ingente masa trabajadora, abogaba por la colaboración entre clases sociales en la búsqueda de una vía intermedia entre el capitalismo degradante y el socialismo marxista. Como señaló el jesuita e historiador Rafael Sanz de Diego, Rerum Novarum fue “una necesidad objetiva y apologética en una época en la que se acentuaba el desenganche respecto a la Iglesia de la intelectualidad, del mundo obrero y de la burguesía”.
La encíclica de Vincenzo Pecci, una de cuyas principales preocupaciones era la de conveniar las relaciones patrono-obrero en materia de derechos y deberes (“ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital”), apostó por una amplia movilización católica, situando a los laicos en una primera línea de acción a modo de “soldados de la recristianización”. Su desarrollo impulsó la fundación de bancos agrícolas y sociedades de socorro mutuos y el asociacionismo proletario a través de la creación de gremios de trabajadores. Unos años antes, el futuro León XIII, siendo entonces arzobispo de Perugia (Italia) ya había publicado una serie de disposiciones que contenían profundas críticas a un liberalismo económico que tan solo veía al obrero como una máquina “cuyo valor se mide en exclusividad por su rendimiento productivo”. Asimismo, tal como señaló en 1976 el propagandista católico y cercano al nacionalismo vasco Policarpo Larrañaga en Contribución a la historia obrera de Euskalerria, Pecci denunció la existencia intolerable de “esos pobres niños encerrados en estrechos talleres, donde les acecha la tuberculosis en medio de sus precoces fatigas” , reclamando, a su vez, “una legislación que ponga término a ese tráfico cruel y sin entrañas”. Nada más llegar a la jefatura de la Santa Sede, publicó su encíclica Quod Apostolici Muneris, en la que criticaba los errores del socialismo acerca de la propiedad privada y alertaba sobre los peligros de la aplicación de sus presupuestos ideológicos “para las buenas costumbres y la religión”
búsqueda de solución a los conflictos desde el prisma de la armonía
Con la Rerum Novarum como palanca de cambio para abordar con una nueva mirada la llamada “cuestión social” en clave no de una mera lógica asistencialista sino de soluciones estructurales y globales, la Iglesia católica fue recorriendo un camino de búsqueda de solución a los conflictos desde el prisma de la armonía y aplicación del principio de la solidaridad ético-social que implicaba que “los hombres de nuestro tiempo cultiven aún más la conciencia de la deuda que tienen con la sociedad en la cual están insertos”.
Desde aquellos principios que destacaron que el hombre es necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales, el catolicismo fue configurando una doctrina social evangelizadora y de base bíblica que actualizaba y expandía los mismos, y que ratificaba su firme compromiso con la construcción, organización y funcionamiento de la sociedad. Una doctrina social que insistía en la connotación moral de la economía y en la aplicación del principio de subsidiariedad que, entendido como ayuda económica, institucional o legislativa a las entidades más pequeñas, protegía a éstas contra los abusos de las instancias superiores. Una doctrina social que propugnaba que “los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás”. Una doctrina social que en lo relativo al derecho de resistencia, y por analogía en referencia al uso de la guerra, sólo entendía la activación de este recjuros “después de haber agotado todos los otros recursos y sin que su puesta en marcha genere desórdenes peores”. Una doctrina social que indicaba constantemente la exigencia de respetar la dignidad de los niños.
A tenor de lo expuesto, no parece que haya coincidencia alguna entre el pensamiento y la obra de Robert Prevost y Donald Trump. No parece resultar muy católico atacar Irán, en comandita con el genocida Netanyahu, cuando había negociaciones bilaterales en marcha con el régimen de Teherán en materia de poder nuclear; no parece resultar muy acorde con la doctrina social de la Iglesia, asesinar indiscriminada y conscientemente a niños en la antigua Persia, como tampoco lo es el practicar un capitalismo extremista y voraz en aras a turbios intereses de liberalismo ultraconservador. No parece que el Dios cristiano esté ni remotamente cerca del Jesucristo de Instagram del presidente norteamericano.
Al judío Albert Einstein se le atribuye esta frase: “hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana”. Donald Trump es un preclaro exponente de lo segundo.
Doctor en Historia Contemporánea