Queridos Reyes Magos: Este 2026, por favor, dejar los camellos atados lejos de la puerta de los teatros. Bastante estiércol simbólico se acumula ya en las alfombras rojas. Lo que hace falta no viene en saco brillante, sino en sobres con fecha, contratos sin trampa y presupuestos que no se evaporan al primer cambio de humor.
Traed tiempo. Tiempo real, no ese “ya se verá” que convierte cualquier proyecto en un sudoku administrativo. Tiempo para ensayar sin reloj, para corregir sin urgencias.
Traed también palabras menos baratas. Que “contenido” vuelva a significar algo. Que “cultura” deje de ser un paraguas donde cabe lo mismo una exposición que un photocall con catering. Y ya que se pide, que el adjetivo “joven” no funcione como tarjeta de acceso a todo. La edad no es una estética ni una falta: es biografía. Cuando se convierte en criterio, el resultado suele ser una cartelera con fecha de caducidad.
En el saco cabe una lista corta: pagar a tiempo, pagar lo pactado y pagar sin convertir cada factura en prueba de resistencia. Que los honorarios no dependan del aplauso ni del número de seguidores. Que la precariedad deje de pasar por “vocación”. Que quien trabaja en cultura no tenga que vivir como si la cultura fuese un pasatiempo con pretensiones.
Ya que vais de Oriente a Occidente, traed calefacción para las salas pequeñas, alquileres respirables para los talleres y llaves para espacios donde probar sin pedir permiso a un formulario. En demasiados lugares, el cartel pone “creación” y el termostato pone “resistencia”. Un foco no paga la luz; una inauguración no arregla una gotera.
Si sobra sitio, dejar una caja de herramientas contra el algoritmo. No para destruirlo, sino para que no decida en solitario. Que las recomendaciones no sustituyan a las librerías, a las bibliotecas, a la conversación lenta con alguien que ha visto más de tres temporadas de moda cultural. Que el “lo petó” no sea el único criterio para programar.
Traed de vuelta la crítica. No la bronca, la crítica: la que discute ideas, no personas. La que no se limita a poner estrellas como si la cultura fuese un hotel. Un poco de exigencia salvaría más funciones que mil campañas con tipografía guay.
Traed también educación artística sin complejo de asignatura decorativa. Que aprender a mirar y a escuchar no sea un lujo de fin de semana. Traed también paciencia institucional: menos convocatorias a última hora y más continuidad. Que la cultura no funcione por temporadas de emergencia, sino por planificación y cuidado. Sin humo y sin prisas.
Y, ya puestos, dejad carbón a quien lleve todo el año vendiendo la misma receta: más espectacularidad, más velocidad, más estrenos, más ruido. El ruido entretiene; la atención sostiene. En cultura, lo segundo es lo que permite que algo dure más que una temporada.
No hace falta oro. Con un poco de coherencia, los Reyes ya harían su magia: con más cultura, el mundo sería más justo.