Solo mi carencia agónica de tiempo me impide entregarme a placer a las mil y una piezas generadas por el que a mi alrededor es, sin lugar a dudas, el gran suceso de las últimas semanas. Hablo, seguro que lo han adivinado porque ustedes tampoco pueden privarse de atender a cada truculento detalle que vamos conociendo, del triple crimen de la localidad madrileña de Morata de Tajuña. Quizá me autoengañe, pero no creo que, en mi caso, sea una cuestión de natural morboso. Más bien, diría que se trata de una especie de puesta a prueba en bucle de mi propia credulidad. Eso, con el añadido de que cada novedad que se hace pública lleva adosada una lección sobre partes de la condición humana en cuya existencia no habíamos reparado, no habíamos pensando en serio, o, directamente, habíamos olvidado. Porque lo cierto es que, más allá de los aspectos más escabrosos y violentos, el hecho del que más nos hace reflexionar es la asombrosa facilidad de algunas personas para caer en estafas burdas que parten de planteamientos inverosímiles.

A juzgar por la cantidad de veces que se repite con éxito el modus operandi –el otro día supimos del caso de una señora a la que arruinó un tipo que se hacía pasar por Brad Pitt–, debemos concluir que el número de víctimas potenciales de estos desaprensivos es bastante mayor del que podíamos imaginarnos. Y para aumentar la sorpresa, comprobamos que la mayoría de los timos se prolongan durante años y acaban provocando rapiñas de decenas de miles de euros, como ocurre en este episodio en concreto. ¿Cómo es posible que en el entorno (ya no hablo del más cercano, sino de vecinos o conocidos) nadie se dé cuenta de lo que está ocurriendo delante de sus narices o, si lo ha percibido, que opte por el silencio en lugar de dar la voz de alarma? Como tantas veces, no me queda más remedio que confesar que se me escapa la respuesta.