Cuenta Giorgia Meloni en su biografía que su madre estuvo a punto de abortarla cuando su marido le abandonó. Sin embargo, a las puertas del hospital y en ayunas para someterse a la intervención, se lo pensó mejor y se fue a una cafetería a desayunar un café con un croissant, convencida de que nada podría irle mal. Giorgia ha triunfado en las elecciones italianas utilizando historias sobre su vida como esta, que a mí me parece una pedazo de historia, además de una losa vital tremenda. No sé qué habría sido de mí si mi madre un buen día, en una sobremesa de domingo, me hubiera soltado algo así sobre mi posibilidad real de no haber existido. Sobre la influencia que pueden ejercer sobre mi vida otras personas, empezando por la que me ha parido. Así, a bote pronto, se me ocurren dos cosas: o te pasas la vida odiando a tu madre de terapia en terapia o te conviertes en alguien como Giorgia. Porque sólo alguien como ella podría, por ejemplo, transformar ese drama en un arsenal de energía para convertirse en una poderosa luchadora contra el cambio climático, en una influyente valedora de los derechos humanos, de los derechos de las mujeres, de los derechos de los inmigrantes… Pero también sólo alguien como Giorgia puede domar esa anécdota vital tan extrema, montarse en su grupa y ser la musa de la ultraderecha y la heroína de los votantes, hasta lograr el poder en un país que no está tan lejos del nuestro. “¡Soy mujer, soy madre, soy cristiana!”, proclama Giorgia cada vez que tiene ocasión, con Salvini y Berlusconi sonrientes guardándole la espalda. Así que Giorgia le ha hecho la peineta a su propio destino y también un poco a la democracia, elegida democráticamente, porque sabe que su ideología provoca pánico y también sabe cómo calmarlo con historias como la suya. A mí estas personas me fascinan. Y, viendo la que nos viene encima, me dan un miedo aterrador.