Bete gabe
En esta nuestra casa damos la bienvenida anualmente al comienzo de curso con otra tradición que, a buen seguro, compartimos con muchos hogares gasteiztarras: la repesca de plazas en las actividades de los centros cívicos. Tras una tentativa de pillar algo en los sorteos y valorar la idoneidad de lo que nos haya podido tocar, llega el momento de entrenarse para la hora de la verdad. El anuncio de las vacantes ya es motivo de regocijo porque yo, que no aprendo nada con la experiencia, ya me hago el cuento de la lechera pensando que voy a poder conseguir para una de mis pequeñas uno de los dos huecos que quedan en natación infantil, lunes y miércoles en horario de 18.15 a 18.55, que es cuando mejor nos viene porque así no coincide con las clases de circo de la otra criatura, que no quiere ni oír hablar de meterse en el agua. Porque en nuestra vida dedicada a la crianza de mellizas, ya estamos empezando a saborear las mieles de que cada una, lógicamente, reivindique sus propios gustos, aficiones, filias y fobias. Así que ahí estoy el día D, encerrada en el baño para concentrarme al máximo, el enlace preparado para ser refrescado en la hora H, la mente en positivo y la esperanza de que, esta vez, la web municipal no se cuelgue y una de esas dos plazas sean mías. Tal y como habréis podido adivinar, no os hago ningún spoiler al adelantaros que, por enésima vez, la fortuna no ha llamado a mi puerta, del baño en este caso. Sin embargo, como todos los años, intento aliviar mi desencanto imaginándome la cómica imagen de todas esas mujeres (porque de esto también nos encargamos nosotras) que, como yo, interrumpen el desayuno y desatienden demandas y gritos mañaneros para encerrarse en el excusado e intentar cazar algo sentadas en la taza, móvil en mano y mente cuadrando agendas. Estos problemas del privilegiado mundo occidental me van a quitar la vida. l