¿Quién tiene la vez?

–Servidora.

–¿Quién es la última?

–Yo misma.

Quienes empezamos a peinar canas recordamos estas fórmulas de saludo que usaban las vecinas de nuestros barrios, en los años 70, 80 y siguientes, en los mercados y establecimientos en los que cada día hacían la compra (digo vecinas, porque eran sobre todo mujeres). Pedirse la vez era la forma para ordenarse al entrar en la carnicería, frutería, el puesto de aceitunas… Todavía no había máquinas con esas ristras de papel de las que se tiraba para coger número (llegaron más tarde y ahora ya han sido sustituidas por pantallas, en las secciones de charcutería o pescadería de los supermercados). Tampoco había móviles con los que matar el tiempo de espera hasta que te tocase el turno.

Así que las mujeres charlaban. Se preguntaban qué tal iba todo. Comentaban las noticias de actualidad que habían escuchado en la radio esa mañana. Compartían sus opiniones. Que si las huelgas. Que si el precio de los libros del colegio. Que si fulanita o menganita debía de estar en el pueblo, porque hacía días que las persianas de su casa estaban bajadas.

Y así se iban tejiendo redes vecinales y solidaridades comunitarias, de las que las tenderas y tenderos de aquellos comercios dan hoy testimonio, como testigos discretos de nuestra historia oral, nuestro patrimonio inmaterial.

EL MEJOR SOCIÓLOGO DE ARANA

Uno de estos tenderos ha fallecido estos días: Ramiro. Regentó durante décadas la Carnicería Ramiro, en el barrio de Arana de Vitoria. Desde el otro lado del mostrador de su carnicería, fue espectador y actor en la historia de un barrio al que llegó cuando este apenas empezaba a construirse: finales de los años sesenta y principios de los setenta.

En su carnicería se gestaban debates. Se compartían opiniones, preocupaciones y expectativas. Ramiro, sin un máster en sociología ni un doctorado en antropología, llegó a conocer muy bien a la gente y al barrio. En su funeral, su hijo emocionado contó que aquella carnicería había sido la pasión de su padre, una bellísima persona y un gran comunicador. A la salida de la iglesia, muchas de aquellas clientas, hoy amonas, también le recordaban así.

Ahora le llamaríamos influencer. Entonces le llamaban por su nombre de pila y representaba una forma de comunicar que ya la quisieran para sí muchos de los foros de debate actuales en Twitter, Facebook u otras redes sociales.

FALTAS DE R-E-S-P-E-T-O

Y es que, si algo caracteriza negativamente los foros actuales de debate en las redes sociales digitales, son los insultos, agravios y comentarios ofensivos que a veces se vuelcan en ellos. Algunos datos. Hace cuatro años, Amnistía Internacional publicó un estudio sobre cuánto odio recibimos las mujeres en las redes sociales. Desveló que en Twitter se envía un mensaje abusivo a una mujer cada 30 segundos. También encuestó a 4.000 mujeres de ocho países y halló unos porcentajes preocupantes de mujeres que habían sufrido acoso en Internet. De estas, una tercera parte (32%) habían reaccionado autocensurándose a la hora de publicar su opinión sobre ciertos temas, por miedo a volver a ser humilladas.

¿Cómo proceder ante semejante diagnóstico sobre el maltrato en los foros de debate actuales? Sin ánimo de caer en la nostalgia fácil de que los tiempos pasados fueron mejores (no lo fueron, sobre todo para las mujeres), no estaría mal recuperar algunas claves de respeto propias del modelo de comunicación de la Carnicería Ramiro y de otros establecimientos similares. R-E-S-P-E-T-O con todas las letras, como cantaba Aretha Franklin.

COMUNICACIÓN DE KILÓMETRO CERO

De hecho, el respeto era la clave de ese modelo de comunicación, el cual, por estar basado en la cercanía, podríamos bautizar de kilómetro cero (en oposición a la comunicación internacional y global de las redes sociales, a distancia remota). Consistía en comunicar y opinar, sin incurrir en el insulto o la descalificación, con otras clientas, con otras vecinas y también vecinos, mientras se hacían los recados en el mercado.

Haciendo un paralelismo, hoy, 50 años después, muchos recados se hacen en Internet; y, mientras navegamos por la red, nos vamos interrelacionando unas personas con otras en Whatsapp, Twitter, Instagram y otras “carnicerías” actuales. En estos espacios, la baza del respeto depende de cada cual. Porque por mucho que Twitter y el resto de plataformas aprueben códigos de conducta de obligado cumplimiento, y por mucho que nuestro Código Penal tipifique como delitos las expresiones verbales que inciten al odio, está en nuestras manos hacer que se recupere el civismo en los debates públicos.

Si no lo hacemos, habrá lugares (en grupos de wasap, por ejemplo) en los que nadie responda al saludo “¿Quién es la última?”, porque la gente acabará marchándose, harta de tanto griterío y malas maneras. Responder, y responder bien, podría ser un excelente propósito para este inicio del nuevo curso.