Avión, tren o coche. Diversas formas de viajar las que emplearon los miles de seguidores albiazules hace un cuarto de siglo, a mediados del mes de mayo, para ver en Dortmund la primera final europea del Deportivo Alavés. Una mayoría importante de ellos optaron por el ferrocarril.
Menos costoso para sus bolsillos, pero más sufrido para sus cuerpos. Una ida más amena y entretenida, a pesar de las 15 horas casi de trayecto, aunque una vuelta interminable, por el desenlace del partido y por el cansancio acumulado, con casi 20 horas de traqueteo constante por los raíles de Alemania, Bélgica y Francia antes de llegar a Vitoria.
DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA ha reunido a cinco de esos aficionados que optaron por ese modo de desplazamiento para desmenuzar la intrahistoria de lo vivido en esos vagones, además de lo que sucedió en el Westfalenstadion en el histórico 5-4.
Ignacio Martínez, Rafa González, Gorka Ruiz de Arcaute, Jorge Martínez y Mikel Muzas acuden a la cita con este periódico con las camisetas de la final. Las siguen guardando como oro en paño. Alguno de ellos incluso conserva también la entrada del famoso partido y Mozas presenta además un álbum de fotos de lo que vivió aquellos días en la ciudad germana.
Recuerdos e instantáneas que siguen presentes igualmente hoy en día, pese al tiempo transcurrido. “No se me quita de la cabeza el momento en el que accedemos a la grada del campo y justo al entrar por el vomitorio ver más de la mitad del campo de rojo, fue tremendo”, evoca Jorge, algo que también le sucedió a Mikel, quien años después acudió a Múnich al Oktoberfest con su tío vestido con la camiseta albiazul y se topó con un seguidor inglés que le invitó a unas cervezas, lo que dio cuenta para él de lo que significó el buen rollo entre ambas aficiones.
Era la primera vez que los seguidores del Liverpool salían de su país en masa, tras la tragedia de Heysel. “Íbamos con respeto y miedo a la vez y cuando empezaron a cantar el You never walk alone se me puso la piel de gallina”, cuenta Rafa, quien desde aquel día se hizo fan del cuadro red. Pese a que los británicos eran mayoría, la grada vitoriana se dejó sentir durante muchos momentos de la final y no sólo con los goles de Javi Moreno, Iván Alonso o Jordi Cruyff. “Los cuatro blusas que fuimos allí callamos a las otras tres gradas casi todo el partido. Se miraban como diciendo que no parábamos de animar, fue alucinante”, ensalza Gorka, mientras que Mikel recuerda que “nosotros no éramos nadie en Europa, más bien un pueblo. Y nunca habíamos salido tantos seguidores”.
Anécdotas para dar y regalar
Tal fue el impacto que tuvo después el encuentro y el comportamiento del público alavés que a Ignacio en un viaje a Indonesia un año más tarde le impactó lo que vivió. “Estábamos en un pueblo y los chavales que vivían allí se sabían los nombres de los jugadores de nuestro equipo, sólo por lo que había sido la final”, evoca. Luego, hablar ya del viaje de ida sí que es contar más de una anécdota. Y es que 15 horas de tren dan para mucho y sobre todo con las energías intactas. Todo eran risas, chufla e incluso partidas de mus. “No recuerdo dormir en toda la noche, como si hubiésemos estado en la Cuchi, fue una juerga total y la vuelta todo lo contrario, miseria”, apunta Gorka, mientras Jorge tiene presente todavía el susto que otro hincha albiazul se llevó al bajarse en una de las paradas que hicieron y que tuvo que ser cogido casi al vuelo por dos de sus amigos para no quedarse en tierra y perderse el grandioso encuentro.
Almohadas por las ventanillas
El retorno a Vitoria sí que tuvo su miga. De entrada, nada más terminar el partido, lo primero que hizo alguno fue buscar un bocadillo o una hamburguesa antes de dirigirse a la estación de tren de Dortmund, puesto que los víveres se les habían acabado. “La salida fue caótica. Lo raro es que fuéramos y volviéramos todos con la marabunta que se preparó”, reconoce Rafa.
Y es que el contingente humano fue tremendo. Eso sí, sin apenas directrices y guiándose de su orientación lograron finalmente subirse de nuevo al vagón del que se habían bajado apenas 15 horas antes. Quedaba un largo y tortuoso regreso a casa con algún que otro episodio que obligó a intervenir a la Gendarmería, al tiempo que recibían de algún lugareño francés botellines de agua casi sobre la marcha.
“Recuerdo estar parados en un andén y empezar a recopilar la gente almohadas. Y cuando el tren se puso de nuevo en marcha empezaron a tirarlas por las ventanillas y parecía aquello como si estuviera cayendo la mayor nevada del siglo. Se preparó una gorda”, cuenta este socio de Cervantes.
Aunque para cerrar el círculo a una vuelta compleja a Vitoria, el resquemor de no estar presentes en el recibimiento que 24 horas después del partido tuvo el cuadro albiazul en la Virgen Blanca.
“Estábamos llegando a Hendaya todavía cuando arrancaba en Vitoria el reconocimiento a la plantilla. A mí eso me pareció penoso. Podían haber esperado a hacerlo al viernes a que estuviéramos todos los que fuimos a Dortmund. Eso fue el mayor error del Alavés”, critica con cierto enfado todavía Mikel. Y entre un viaje y otro, el excelso duelo que pese al 5-4 nunca olvidarán. Incluso cuando el Liverpool se puso con dos goles de diferencia a su favor los ánimos no cayeron.
“La sensación en ese momento era que nos iban a meter seis, pero nos daba igual. Estábamos disfrutando como locos de aquel momento, los blusas saltando. Luego empezamos a marcar nosotros y nos vinimos arriba. Pero es que el día del Inter en Mendizorroza con 1-3 la historia era parecida y acabó con 3-3 y pasando en Milán”, apunta Gorka, mientras que Jorge recuerda que no salía de su asombro cuando el Alavés anotó el 4-4. Para él, era el culmen a una temporada inolvidable. “La víspera del partido en Vallecas estaba trabajando de noche. Me calenté con otros dos compañeros y para allí que salimos a las 12 del mediodía. Vimos el partido y vuelta para ir al curro de nuevo, tras pedir unas horas. Éramos jóvenes y hacíamos lo que fuera, como ir ese jueves nada más llegar de Dortmund a currar de noche”, evoca en una de las calenturas que provocó entre la afición la aventura del equipo babazorro.
La pena de la derrota
Incluso de cara a la final había que hacerlo lo imposible para no perderse el viaje a tierras germanas. “Recuerdo que un compañero y yo subimos al despacho de la entonces jefa a decirle que nos cogíamos dos días, que nos los quitara de vacaciones o que hiciera lo que considerara, pero que nos ausentábamos del trabajo. Empezó a reírse porque imaginaba por dónde iba la cosa y no puso ningún problema. Eso sí, al día siguiente de volver a casa, al curro de nuevo”, cuenta Gorka.
Incluso algún que otro desencuentro entre familiares también se produjo como el de Mikel con su padre. “Yo había pagado el viaje en tren y mi aita estaba empeñado en pagarme el avión para que regresara a casa nada más acabar la final, para no perder estudios. Pero quería ir con mis amigos en tren por la chufla y así viajé”, manifiesta entre risas.
Con el paso del tiempo no esconden su nostalgia nada más concluir aquel duelo. Alguna que otra lágrima se derramó de los ojos de todos ellos, más que nada por la rabia de perder de aquella manera.
La emoción de un enfrentamiento total terminó de la peor de las maneras. “Mucha gente no sabía que había gol de oro. Encima fue el último encuentro en el que se jugó con esa regla y tuvo que tocarle al Alavés”, masculla Jorge.
Pero por encima de disquisiciones sobre de quién fue la culpa en el maldito 5-4, del planteamiento inicial que dispuso Mané o la titularidad que a juicio de Jorge se había merecido Pablo estaba el disfrute del momento. “Fuimos a gozarla, porque no es habitual que el Alavés juegue una final y no sabes cuándo vamos a volver”, manifiesta Ignacio.
Ver a una cuadrilla de amigos, como se definía a aquel grupo, era una delicia. Poco nombre, pero mucho trabajo y compromiso para ser la envidia por aquel entonces de media Europa. Resultaba incómodo para muchos contrarios medirse a la escuadra vitoriana y varios de sus jugadores lanzaron sus carreras a raíz de aquel curso.
“Recuerdo un partido en Valencia en el que Ibon Begoña parecía Roberto Carlos. Era un equipo muy sólido”, ensalza Jorge, mientras que Gorka sigue mostrando fidelidad por Contra, Téllez, Desio o Astudillo.
A ello se le sumó el interés que a muchas personas que no les gustaba el fútbol tuvo durante aquellos días el sentimiento albiazul. La épica del modesto abrió muchos corazones e incluso demostró al planeta fútbol el cívico comportamiento que la masa albiazul tuvo en la ciudad alemana. Ningún incidente y todo buen rollo con los hinchas ingleses para escribir con letras grandes una de las páginas más bonitas de la historia del Glorioso. Y a ello no sólo contribuyó el 5-4, sino también los miles de albiazules que nunca olvidarán aquel 16 de mayo de 2001.