Hay partidos que trascienden los tres puntos. Encuentros capaces de sacudir los cimientos de un vestuario y de transformar la inercia de toda una temporada. El Deportivo Alavés confía en que la épica remontada lograda en Balaídos ante el Celta (3-4) sea exactamente eso: un punto de inflexión. Ese chute de motivación que el equipo necesitaba tras varias semanas conectando varapalos.
Los de Quique Sánchez Flores llegaron a Vigo en una situación complicada. Seis partidos consecutivos sin conocer la victoria pesaban como una losa, agravados por los dos mazazos previos en el tramo final: una derrota ante el Valencia y un empate frente al Villarreal, ambos resultados decididos en los dilatados epílogos. Dos golpes anímicos que habían dejado tocado a un vestuario en plena adaptación a su nuevo entrenador.
Con ese bagaje, visitar Balaídos se antojaba como un reto de altura. Y el guion inicial no hizo sino confirmar los peores presagios. Tres goles encajados en la primera mitad –obra de Jutglá, por partida doble, y Hugo Álvarez– metieron al Alavés en puestos de descenso durante varios minutos. La imagen era desoladora: errores defensivos evidentes y poca mordiente en ataque.
Sin embargo, algo cambió en el vestuario. El gol de Toni Martínez justo antes del descanso, aprovechando un centro raso de Ángel Pérez, fue la chispa que mantuvo viva la esperanza. Sánchez Flores apostó fuerte con cuatro cambios al inicio del segundo acto: Denis Suárez, Guridi, Abde y Diabate saltaron al césped y el equipo se transformó por completo.
El Celta, dormido tras el descanso, vio cómo Toni volvía a recortar robándole el balón a Domínguez dentro del área y asistiendo a Ángel para el 3-2. A partir de ahí, el Alavés fue un vendaval. Un golazo del propio ariete murciano desde larga distancia restableció las tablas, y Abde, con una jugada individual espectacular puso el 3-4 definitivo. Algo a lo que ayudó Sivera.
CARÁCTER ÉPICO
Y es precisamente ese carácter épico el que invita a mirar atrás, hacia un mes de diciembre que cambió el rumbo de una temporada. Corría la jornada 14 de la campaña 2017-18 cuando el Alavés visitó Montilivi siendo colista de Primera División. Abelardo Fernández acababa de aterrizar en el banquillo y el panorama no podía ser más sombrío.
El Girona se adelantó con goles de Stuani y Juanpe en apenas tres minutos, entre el 59 y el 62. Todo apuntaba a una derrota más para un equipo hundido en la clasificación. Pero entonces apareció Ibai Gómez. El extremo vitoriano firmó un hat-trick memorable –con la inestimable colaboración de Munir– para darle la vuelta al marcador y regalar una victoria inolvidable.
Aquella remontada en tierras catalanas fue mucho más que un triunfo a domicilio. Funcionó como un auténtico revulsivo anímico. Desde ese partido, el Alavés de Abelardo sumó doce victorias más hasta el final de curso, incluyendo triunfos brillantes como el 3-1 al Athletic en Mendizorroza. La permanencia, que en diciembre parecía una quimera, se selló con una holgura impensable: dieciocho puntos por encima del descenso.
Las similitudes entre ambas gestas resultan evidentes. Dos equipos tocados, con entrenador recién llegado, que logran una remontada épica lejos de casa cuando la temporada amenazaba con descarrilar. Un golpe sobre la mesa que dice al vestuario que es capaz de todo, incluso de revertir lo irreversible.