- Sin afición no hay pasión, sin pasión no hay fútbol. La pancarta colocada por Iraultza 1921 -había otra más en el exterior y un par de ellas dentro- anunciaba de antemano lo que iba a faltar en el interior del estadio. El corazón, el sentimiento que transmiten los aficionados. El coronavirus se ha llevado por delante por el momento la normalidad que supone vibrar con el fútbol y con el sentimiento albiazul en vivo cada cierto tiempo. Habrá que ver hasta cuándo. De momento, la medida de emergencia ha sido un flotador para salvar en la medida de lo posible la parte del negocio. Pero el de ayer estuvo muy lejos de ser un derbi o un partido cercano a la normalidad. Faltaba la pasión; se echaban de menos las emociones. Se le puede llamar fútbol en lo deportivo, pero sin aficionados no lo es en la máxima expresión de la palabra.
Ni siquiera tres centenares de personas, entre jugadores, técnicos, directivos y trabajadores de todos los ámbitos permitidos -prensa, fotógrafos, equipos de televisión, sanitarios, recogepelotas, encargados de la publicidad, seguridad, controladores....-, accedieron ayer a Mendizorroza. Con el protocolo de seguridad e higiene aplicado hasta sus últimas consecuencias -mascarillas y guantes fueron protagonistas-, el desarrollo de los prolegómenos fue idéntico al habitual. Con la música atronando en la megafonía, los dos equipos calentando y cada cual ultimando los detalles finales. Pero pasaban los minutos y la grada no cobraba color, exceptuando la presencia en la misma de los futbolistas no convocados, a los que luego se sumarían los suplentes detrás de cada banquillo.
Precisamente, ellos se convirtieron en el público circunstancial, los que pusieron los aplausos de homenaje a los sanitarios y a los fallecidos que protagonizaron los prolegómenos del encuentro, los que animaron a sus compañeros y también, por momentos, de cuyas bocas se escuchaban claramente las indicaciones y correcciones para aquellos que estaban sobre el verde. "¡Venga!". "¡Dale!". "¡Vamos!". "¡Hostia!". Ese sonido del fútbol que siempre está ahí, pero que nunca se oye, solapado por el clamor de los aficionados. Por encima del resto, la voz de Manu García; el capitán por momentos parecía un aficionado animando, mientras que en otros dejó claro que tiene un futuro en los banquillos.
Con el gol en diferido de Borja, el alavesismo rugió en la distancia, pero no por ello se dejó de festejar en la grada de Mendizorroza. "Gol, gol", reclamaban mientras el videoarbitraje analizaba la jugada. "¡Goooooooool!", explotaron cuando se validó el tanto de Borja Sainz. Una celebración que fue casi completa con la diana final de Martin. Porque, por mucha victoria casi definitiva, la pasión no fue la misma de siempre ayer en Mendizorroza.