Podium griego: Santuarios de Delfos, Olimpia y Atenas

27.01.2020 | 10:46
El Erecteion, en Atenas.

Consultas a una pitonisa para adivinar el resultado de una competición de los Juegos Olímpicos, pero el favorito queda relegado al ostracismo al no cumplir con las expectativas. Se recicla como versátil actor de teatro con tales cotas de popularidad que da el salto a la política tras ganar unas elecciones. Y entre los eventos asociados a su cargo figura la procesión que finaliza en un templo considerado sagrado, que ha mandado erigir, para levantar el ánimo de la población después de una época complicada y, de paso, dejar su huella para la posteridad. ¿Nos hallamos en el siglo V antes de Cristo o casi en 2020? Puede que ambas... 

Una piedra de forma cónica delimitaba el punto del monte Parnaso en el que se unieron los caminos de las dos águilas que el dios de dioses ordenó soltar desde los extremos de la tierra. Denominada onfalos, simbolizaba el obligo del mundo. La copia romana custodiada en el museo arqueológico de Delfos retrotrae a las reproducciones casi calcadas que adornan las escaleras de muchas casas. Al fin y al cabo, el hogar constituye el centro de nuestro universo. Y acto seguido te sorprendes pensando? "Esto también, ¡esto también viene de Grecia!". Infinitas expresiones y costumbres proceden de tres lugares que beben de la leyenda del interminable árbol genealógico de Zeus y dos de sus hijos, Apolo y Atenea: sus santuarios en Olimpia, Delfos y Atenas respectivamente. 

Los juegos

Los primeros Juegos de la era moderna en 1896 tejieron una red de transportes para el incipiente turismo. Se daba por hecho que la capital griega repetiría en el centenario, pero el estandarte de los cinco aros se izó en Atlanta. Así que los planes de revitalización en infraestructuras y museos se pospusieron hasta que, esta vez sí, en 2004 se honró a los precursores de esta cita. Donde todo comenzó, en el año 776 Antes de Cristo, las cigarras martillean el oído y en la taquilla se suma un grupo de perros abandonados dispuestos a acompañar el recorrido. Otra pregunta con la que salir airoso en el Trivial, explican nada más entrar en el yacimiento. 

Los Juegos Olímpicos aluden a las competiciones propiamente dichas, mientras que las Olimpiadas son los cuatro años transcurridos entre dos convocatorias consecutivas. En la antigüedad se decretaba una tregua para que los participantes y las delegaciones de las ciudades Estado se desplazaran sin incidentes un mes antes de la inauguración a un complejo equipado con todo tipo de comodidades. En la palestra se preparaban para las disciplinas de contacto. En el gimnasio practicaban las de velocidad. Con el tiempo se introdujo el exigente pentatlón (lanzamiento de disco y jabalina, salto, carrera y lucha). Los registros se anotaban con celo en otro edificio administrativo independiente. 

Entraban en el estadio del siglo V antes de Cristo (con 192,2 metros entre las señales de salida y llegada) en solemne comitiva para atravesar un arco que les posicionaba cara a cara con los espectadores y los jueces, con su propio lugar reservado en las gradas naturales que se sirven de la inclinación del terreno. La asistencia estaba vetada a las mujeres, que debían conformarse con los Juegos dedicados a la diosa Hera, también cada cuatro años, aunque corrían una sexta parte que los varones. 

Los vencedores subían al pódium de piedra de un solo escalón, en vez de los tres actuales, para que se les impusiera una cinta, porque hasta la clausura no recibían su corona de olivo en una procesión hasta el templo de Zeus, consagrado en el año 450 a. de C. Lo presidía la colosal estatua de doce metros del dios en su trono de oro y marfil esculpida por Fidias, quien también plasmó su talento en el Partenón, y fue una de las siete maravillas del mundo antiguo. Se cuenta que entonces bromeaban con que si se le ocurriera levantarse rompería el techo. La escultura sucumbió bajo múltiples terremotos, desvelando desde el suelo el grosor de las columnas dóricas, de las cuales se ha rehecho una. 

En el museo arqueológico, los vestigios de las esculturas del frontón este del templo describen la hazaña de Pélope (que da nombre a la península del Peloponeso) y su duelo en una carrera por la mano de su amada. El rey Enomao se las ingeniaba para matar a todos los pretendientes de su hija Hipodamia, hasta que no pudo con el joven que recurrió a los dioses para sabotear su carro. De las carreras que rendían culto al héroe podrían haber derivado los Juegos Olímpicos. Desde Berlín 1936 la llama prende frente al templo de Hera, flanqueada por mujeres vestidas de sacerdotisas, una ceremonia que se repetirá en el camino a Tokio 2020. Las excavaciones alemanas autorizadas por el gobierno griego desde 1875 han desenterrado joyas como el casco que protegió al general Milcíades en la batalla de Maratón en el año 490 a. de C., que repelió la invasión persa, o el Hermes atribuido al escultor Praxíteles, situado de tal manera que se puede rodear la estatua y radiografiar sus curvas perfectas entre los cuchicheos de parejas jóvenes. 

¿Poderes? Del oráculo

La agenda deportiva constaba de un circuito de pruebas que contemplaba también los Juegos Píticos, en Delfos, en el complejo en honor de Apolo que forjó su influencia sobre el legendario Oráculo. Peregrinos y autoridades tardarían días en plantarse desde la localidad costera de Itea a los pies de la morada del dios de la belleza o las artes después de cruzar la Vía Sagrada entre los tesoros (templetes encargados por ciudades poderosas y colonias). 

En sucesivas campañas desde que los estudiosos de la Escuela Francesa de Atenas desembarcaron en 1893, hasta desplazando la población que tapaba los restos arqueológicos, se han hallado una de las composiciones musicales más antiguas que se conocen o una esfinge reminiscencias egipcias. Desde un emplazamiento preferente del museo, la mirada plena de determinación del auriga de Delfos, pestañas incluidas, se clava a los turistas desde sus 1,80 metros de altura labrados en bronce. Sin la cuádriga que en el siglo V a. de C. le auparía a la victoria, sujeta las riendas con firmeza. 

De las escarpadas laderas del monte Parnaso emana la magia de siglos de rituales. Algo se le ha contagiado a un hombre que camina descalzo con una túnica y con melena que le confiere un aire a Jesucristo. No podrá pasear por todo el recinto, puesto que algunas zonas se han cerrado ante el peligro de desprendimiento por las lluvias torrenciales de la última primavera. ¿De dónde procedía el poder del Oráculo? Se mencionan movimientos tectónicos, vapores que se filtraban de la tierra a la parte trasera del templo de Apolo (los cimientos actuales datan del siglo IV) u hojas de laurel que inducirían un trance a la Pitia, la mujer que verbalizaba un mensaje a menudo incomprensible que después interpretaban los sacerdotes y se escribían, no se sabe si dinero B mediante. El grado de aciertos residiría en respuestas calculadamente ambiguas. Por ejemplo, el rey Creso de Lidia, que preguntó si debía declarar la guerra a Persia y la Pitia respondió que en ese caso acabaría con un imperio? a la postre, el suyo. A propósito de la Pitia, su nombre se refiere a la pugna entre Apolo y una temible serpiente Pitón que le disputaba esos parajes. 

Sin duda, los emisarios de Atenas, a 183 kilómetros de Delfos, se interesaron por la opinión del Oráculo sobre los conflictos con los persas. El Partenón, construido en el siglo V a. de C., se levantó tras la destrucción de la Acrópolis, que no pudo evitar la resistencia de Leónidas y los suyos en las Termópilas. Al contemplarlo desde la entrada monumental de los Propileos se olvida que el pavimento resbala (aunque no dé esa impresión para una madre que carga a su bebé en un saco anudado al cuello). 

La sensación de simetría engaña al ojo, un ingenio de los arquitectos Ictino y Calícrates, que curvaron levemente las columnas dóricas a propósito. Fidias concibió para su interior una gigantesca estatua de Atenea que, por desgracia, también se ha perdido. A los pies se extienden los restos de la ciudad clásica donde los ciudadanos, en masculino, empezaron a tener voz y voto. 

El expolio del partenón

En el extremo de la montaña una bandera griega ondea en homenaje a "unos jóvenes que durante la ocupación nazi se jugaron la vida para colocarla". "Imagínate la emoción de los habitantes de la gente cuando la vieron", narra una ateniense de nombre Antígona, "como la tragedia de Sófocles". Desde luego, una tragedia supuso para ella contemplar en el Museo Británico 75 metros de los frisos de Fidias, cerca de veinte esculturas y quince paneles arrancados desde 1801 por orden del embajador británico ante el Imperio Otomano. Tanto que "salí llorando y prometí no regresar hasta que vuelvan a casa", afirma. "Fíjate en que en los mármoles de la procesión de las grandes Panateneas no hay ninguna figura en la misma postura", aconseja. 

Esculturas de búhos están apostadas en las entradas al museo de la Acrópolis reivindicándose como escuderos de la sabia y guerrera Atenea, que nació de la cabeza de su padre Zeus y ganó su supremacía sobre la colina esgrimiendo como arma un olivo frente al tridente de Poseidón. Los fondos se muestran por orden cronológico hasta la última planta, reservada al Partenón. De hecho, se desvió para mirarlo a través de amplias cristaleras. 

En efecto, los frisos originales se distinguen por los diferentes colores y una nota aclaratoria sobre la ubicación de los que faltan. Las columnas con forma de mujer, cuya identidad se atribuye a las hijas de un rey esculpidas en el siglo V a. de C., fueron retiradas del pórtico del templo del Erecteion para evitar su deterioro. 

Al igual que los edificios, los siglos se han cobrado su factura con la pérdida de policromía. Dicen que el diplomático británico robó una para contentar a su esposa? que le fue infiel. Casi arruinado por el proceso judicial por adulterio que escandalizó a la alta sociedad, malvendió el botín al Museo Británico. Allí se encuentra la sexta cariátide, con la que sus hermanas esperan reunirse algún día bajo el manto protector de Atenea. Y entre tanto, en Atenas sostienen que se vengó colmando de desgracias a Lord Elgin. Lo llaman karma.