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Crónica de una decepción: cuando las series mueren de éxito

Estirar tramas por motivos comerciales o perder el control creativo han hecho fracasar ficciones que no supieron retirarse a tiempo

Crónica de una decepción: cuando las series mueren de éxitoHBO MAX

Ocurre con demasiada frecuencia. Descubres una serie nueva cuyo primer episodio te vuela la cabeza y devoras la primera temporada como si no hubiera un mañana. En ese momento se establece una conexión entre creador y espectador: invertimos nuestro tiempo y atención a cambio, bajo la promesa de una historia sólida y coherente. Sin embargo, en la voraz industria de las plataformas de streaming cada vez es más raro que esa promesa se cumpla.

Y es que el peor enemigo de las ficciones actuales es el éxito desmesurado, que lleva a las cadenas a estirar el chicle y agonizar entre tramas que se vuelven incomprensibles, giros absurdos y personajes desdibujados. Todo vale para mantener viva la llama de sus franquicias más rentables.

Uno de los últimos ejemplos es el de From. El propio Stephen King la recomendó. No en vano respira la atmósfera de sus novelas. La serie comparte ADN con Perdidos -cuenta con los mismos productores ejecutivos y con uno de sus protagonistas, Harold Perrineau-, lo que explica su brillante arranque así como los problemas que arrastra desde su segunda temporada (va actualmente por la cuarta y apostamos como mucho por otra más).

En sus primeros compases era un ejercicio de terror auténtico -las criaturas que solo aparecen cuando anochece daban realmente miedo-, atmósfera opresiva y misterio puro. Pero, a medida que avanza, ha empezado a sufrir el desgaste típico de las producciones que abusan de la intriga y no ofrecen ninguna recompensa. Como le ocurrió a Perdidos, From acumula demasiados enigmas sin ninguna respuesta para el espectador.

Un caso similar es el de 30 Monedas, la ambiciosa serie de terror de Álex de la Iglesia que HBO ha dejado en la estacada. El punto de partida es brillante: un exorcista persigue las 30 monedas con las que Judas traicionó a Jesucristo y que otorgan un poder inimaginable a quien consiga reunirlas todas. La primera temporada es un cúmulo de referencias del imaginario del director bilbaino, que logra mezclar una compleja trama conspiranoide vaticana con el costumbrismo de un pueblo segoviano. Acción, terror, gore…

De la Iglesia goza -y nos hace gozar- con una maestría pocas veces vista en una ficción de estas características. La segunda temporada personificó el mal que muchos achacan al cineasta: desnortarse y caer en el caos absoluto. La falta de cohesión, un villano caricaturesco (Paul Giamatti) y alguna que otra ida de olla hacen que pierda frescura y la trama se diluya en favor de la caricatura. En cualquier caso, una pieza de culto inconclusa que seguramente será reivindicada con los años.

El recurso del ‘spin off’

Los zombies nos han dado grandes mañanas, tardes y noches de gloria. The Walking Dead abrió la veda de series sobre muertos andantes. Los creadores parece que se tomaron al pie de la letra el aviso de Robert Kirkman -autor del cómic original- sobre que las aventuras de Rick nunca acabarían. Sus 11 temporadas y 172 episodios se hicieron eternos incluso para los fans del zombi devorador de carne humana, como el que suscribe.

Los podridos eran el macguffin de un drama de supervivencia emocional. La clave estaba en la moralidad o amoralidad de unos personajes empujados al límite. Con el paso de las temporadas, la imaginación decayó y las tramas se volvieron repetitivas. El esquema era el mismo: buscar un refugio seguro, huir de él cuando la cosa se complica y vagar en busca de uno nuevo.

‘The Walking Dead: World Beyond’ está disponible en la plataforma de ‘streaming’ Prime Video.

Pero los guionistas son unos zorros y saben muy bien cómo atrapar al espectador, si no es con un cliffhanger comercial y tramposo -el fundido a negro cuando Negan se dispone a matar a Glenn-, con un spin-off de sus personajes más carismáticos. Continuar con las aventuras por separado de los protagonistas supone una apuesta no siempre segura. En el caso de The Walking Dead aburren soberanamente Fear the Walking Dead y The Walking Dead: World Beyond, y se salvan The Walking Dead: Dead City y especialmente The Walking Dead: The Ones Who Live, el emotivo encuentro entre Rick y Michonne.

La fuga interminable

Con Prison Break estamos ante el mejor ejemplo de que con una temporada habría sido suficiente. El punto de partida era meritorio. El hermano de un preso se adentra en la prisión en la que cumple condena para sacarlo de allí con un detallado plan de fuga que lleva encriptado en un tatuaje que cubre todo su cuerpo. Todo un derroche de ingenio que no da un respiro al espectador.

El problema es que una vez te has escapado qué haces, en este caso pues seguir huyendo. Los guionistas intentaron repetir el mismo esquema pero en otras cáceles, aunque el factor sorpresa ya se había difuminado. Los hermanos Michael Scofield y Lincoln Burrows también se vieron salpicados por una conspiración gubernamental un tanto absurda. La ficción se cerró con la muerte, como no, del protagonista para alivio del sufrido televidente.

En el mundo de las sitcoms el caso más doloroso de una serie que no supo cuándo terminar es, sin duda, Cómo conocí a vuestra madre. Lo que nació como una comedia brillante, ágil y con una estructura narrativa innovadora, acabó convirtiéndose en rehén de su propia premisa. Obligada por su éxito comercial a estirar durante nueve años el misterio de la identidad de la madre, la serie fue desgastando a sus personajes hasta el límite.

Pero el mayor pecado capital fue la terquedad de los guionistas, quienes se empeñaron en utilizar un final pregrabado años atrás que traicionaba toda la evolución emocional de sus protagonistas, proporcionando a los fans uno de los desenlaces más decepcionantes de la historia de la televisión.

Finalmente no podemos dejar de comentar la excesiva True Blood, que encaja a la perfección en la categoría de pérdida de control creativo por exceso de ambición. Alan Ball -creador de la redonda A dos metros bajo tierra- idea un mundo en el que los vampiros conviven alegremente con los humanos gracias a la invención de una sangre sintética, mientras reclaman igualdad de derechos.

La mezcla de terror, thriller gótico sureño y costumbrismo del caluroso pueblo de Bon Temps (Luisiana), junto a numerosas escenas de alto voltaje erótico, funcionaba a la perfección. El problema es que temporada tras temporada, los guionistas quisieron aumentar el nivel de locura. Lo que empezó como una alegoría sobre los derechos LGTBI y la integración social acabo convirtiéndose en un circo sobrenatural saturado de criaturas en pugna por ver quien cometía las mayores atrocidades.