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¿Podría repetirse un accidente como el de Chernóbil a día de hoy?

Expertos discrepan sobre el riesgo nuclear actual: entre la seguridad de los reactores modernos y los peligros que siguen presentes

¿Podría repetirse un accidente como el de Chernóbil a día de hoy?IAEA

Cuarenta años después del accidente de Chernóbil, el peor desastre nuclear civil de la historia, la pregunta sigue abierta: ¿podría volver a ocurrir algo similar? La tecnología ha cambiado, los sistemas de seguridad se han reforzado y los reactores actuales funcionan bajo principios muy diferentes. En paralelo, el debate sobre su papel en el futuro energético vuelve a cobrar fuerza.

El accidente de Chernóbil no fue consecuencia de un único fallo, sino de una cadena de errores técnicos y humanos. Además, la explosión que destruyó el reactor no fue nuclear, como a menudo se cree.  Como explica el divulgador de ciencia y tecnología nuclear, Alfredo García, ocurrió una explosión física provocada por “un cambio súbito de fase del agua de líquida a vapor".

El reactor RBMK presentaba un diseño especialmente inestable: “Un reactor intrínsecamente inseguro, muy difícil de operar”. Un aumento de temperatura podía provocar, paradójicamente, un incremento de la potencia en lugar de reducirla, lo que hacía mucho más difícil su control.

A ello se sumó un contexto sin controles adecuados: ausencia de supervisión independiente, falta de protocolos de seguridad efectivos y una prueba realizada en condiciones inapropiadas, con sistemas desconectados. Además, los operadores no contaban con la formación suficiente para gestionar una situación de ese tipo y no existía un plan de emergencia eficaz. 

El accidente fue posible por una combinación de decisiones operativas y fallos de diseño que hoy resultan difíciles de imaginar en una central moderna. La prueba técnica pretendía comprobar si la inercia de la turbina podía generar electricidad durante el tiempo necesario hasta que arrancaran los generadores diésel de emergencia, que en Chernóbil eran especialmente lentos. Para realizarla, los operadores redujeron la potencia del reactor y trabajaron en condiciones inestables.

En ese contexto, el reactor contaba con sistemas de seguridad mucho más limitados que los actuales y, además, varios de ellos fueron bloqueados deliberadamente para poder llevar a cabo el experimento. “Es como hacer una prueba en un coche quitando los frenos” explica García. Hoy en día los sistemas de seguridad no pueden desactivarse y cualquier prueba se realiza manteniéndolos operativos. A todo ello se sumaba una carencia fundamental: la ausencia de un edificio de contención. Está diseñado para evitar que la radiación se libere al exterior incluso en caso de accidente grave.

¿Podría volver a pasar?

La respuesta es clara: un escenario idéntico resulta prácticamente imposible en la actualidad. “Por sus causas y por sus consecuencias, es irreproducible en las centrales nucleares actuales”, afirma García. Los reactores modernos incorporan sistemas de seguridad mucho más avanzados y funcionan bajo principios diferentes. Entre ellos, incorporan sistemas de seguridad más avanzados, incluidos mecanismos de “seguridad pasiva” —que funcionan sin intervención humana—.

Sin embargo, eso no significa que el riesgo haya desaparecido por completo. García matiza que el accidente nuclear como tal sigue siendo posible, aunque cada vez menos probable: “Sería con otras condiciones diferentes, con unas consecuencias muchísimo menores”.

Desde otra perspectiva, el químico y divulgador ambiental Julen Rekondo coincide en que un accidente idéntico es poco probable. Así mismo introduce el punto clave: el riesgo cero no existe.

García sostiene que las centrales actuales cuentan desde la época del accidente con las herramientas necesarias para evitar un accidente como el de Chernóbil. A su juicio, las principales mejoras se han producido en la gestión de emergencias. “Todo lo que son planes de emergencia exterior sí que se aprendió mucho”, explica, como protocolos de evacuación e información a la población. Estas medidas, añade, fueron clave en Fukushima, donde no se pudo demostrar muertes debido a la radioactividad.

Frente a esta visión, Rekondo cuestiona que la mejora técnica elimine los riesgos de fondo. Aunque reconoce avances en seguridad, insiste en que los problemas estructurales persisten. “No le veo ninguna ventaja, sino todo tipo de desventajas”, afirma. Recalca que hay una planificación hasta el 2030, de cierre ya de las centrales nucleares. “Esa senda de la energía nuclear ya de alguna manera va finalizando su vida”, afirma.

Riesgos actuales

Más allá de la posibilidad de un accidente, el debate sobre la energía nuclear abre otra cuestión menos evidente: qué ocurre si se deja de utilizar.

Para García, el principal riesgo no está en su uso, sino en su abandono. “El mayor riesgo de una central nuclear es no utilizarla”, sostiene. A su juicio, el cierre de centrales nucleares implica un aumento del uso de combustibles fósiles como el gas o el carbón, con consecuencias directas sobre el clima y la salud. “Cerrar las centrales nucleares equivale a más emisiones de gases de efecto invernadero y de polución atmosférica”, afirma. Un ejemplo sería el caso de Japón tras el accidente de Fukushima: el cierre temporal de sus centrales encareciendo la electricidad subiendo así los precios de la calefacción, y causando la muerte de miles de personas mayores vulnerables por no poder pagar el precio.

Por otro lado, Rekondo insiste en en que los riesgos no desaparecen. Aunque reconoce que un desastre como el de Chernóbil es hoy muy improbable, advierte de que “el riesgo sigue existiendo a  muy largo plazo”. Hay factores de riesgo relevantes que persisten. Uno de ellos es el envejecimiento de las centrales nucleares. Para mantener esas centrales se requiere un mantenimiento “riguroso” y una serie de controles muy exigentes.

También pone el foco en la gestión de los residuos radiactivos, un problema aún sin solución definitiva. “Tienen una vida de miles y miles de años”, recuerda. Para ello se planteó construir un cementerio nuclear en Villar de Cañas (Cuenca) pero no se llevó adelante.

En este sentido, Rekondo recuerda que, aunque no haya habido muchos, cuando ocurren los accidentes tienen consecuencias de gran alcance. Además, añade que algunos incidentes reciben poca visibilidad pública y critica el carácter “secretista”. Accidentes como el de Chernóbil o Fukushima marcaron profundamente la percepción social del riesgo. 

Discrepancias

Rekondo considera que la energía nuclear atraviesa una fase de estancamiento. La construcción de nuevas centrales requiere inversiones muy elevadas y largos plazos de desarrollo, lo que las sitúa en desventaja frente a tecnologías como la solar o la eólica. “En los países occidentales estamos hablando de 18 o 20 años”, aclara.

Además, también cuestiona el papel real de la energía nuclear dentro del sistema energético. Recuerda que la electricidad representa solo una parte del consumo total —en torno al 20%— mientras que el resto sigue dependiendo de combustibles fósiles. “Con la energía nuclear no puedes sustituir ese 80% de combustibles fósiles”, señala.

Frente a esta visión, García defiende que la energía nuclear sigue siendo una pieza clave del sistema energético actual, aportando estabilidad, bajas emisiones, precios asequibles e independencia de las condiciones meteorológicas. A su juicio, la percepción social ha estado durante años condicionada por accidentes como Chernóbil, pero esa visión está cambiando. “La energíanuclear es una de las formas más seguras de producir energía eléctrica, aunque no es perfecta”, afirma.

Pone como ejemplo el caso de Alemania donde las últimas encuestas, dicen que la mitad de los alemanes piensa que fue un error cerrarlas. “Los países que han ido cerrando centros nucleares se han arrepentido de ese cierre”, asegura. En el caso del Estado español, el debate sigue abierto. García menciona el plan que prevé el cierre de los siete reactores entre 2027 y 2035.

El debate, en definitiva, sigue abierto y la discusión ya no gira únicamente en torno a la seguridad, sino también al modelo de futuro que debe guiar la transición energética.