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El efecto mariposa

En Euskadi, el aleteo de una mariposa es un buen síntoma. Donde vuelan, hay prados con diversidad floral y suelos vivos. Paisajes muchas veces gestionados con mimo por manos de un baserritarra desde hace generaciones. A las mariposas, la ciencia las llama bioindicadores; yo prefiero pensar que son la letra pequeña del contrato que mantenemos con nuestra tierra. Pero este año hay otro aleteo, a más de seis mil kilómetros de aquí, en un estrecho llamado Ormuz. Y sus consecuencias, aunque todavía no las veamos en su pleno apogeo, vienen de camino a nuestra mesa.

La geopolítica de los alimentos rara vez abre los informativos, pero está siempre ahí, oculta y constante. Desde 2020 lo hemos comprobado sin descanso: una pandemia que rompió las cadenas logísticas globales y alteró fuertemente el consumo, la invasión de Ucrania que convirtió el trigo en arma, fletes disparados en el mar Rojo, sequías que ya no son excepción sino calendario. Y ahora, un conflicto en Oriente Medio que estrangula el paso por el que transita una parte decisiva del petróleo mundial y cerca de un tercio del comercio internacional de fertilizantes. Cuando Ormuz tose, el gas se encarece; cuando el gas se encarece, el amoniaco y la urea se disparan; y cuando eso ocurre, quien produce alimentos sabe que su cuenta de explotación se va a resentir. En cualquier parte del mundo. En cualquier bolsillo, y en el nuestro también.

Y este es el hecho que me preocupa y que quiero compartir: los impactos sobre la alimentación nunca son inmediatos. Operan a medio plazo, con un desfase de seis o siete meses entre el shock y el lineal del supermercado. ¿Y este decalaje por qué ocurre así? Porque el sector primario y la industria alimentaria actúan como un dique silencioso. La agricultora que asume un gasóleo un 62% más caro. El arrantzale que sale a la mar pagando el combustible a casi el doble que el año pasado. La industria alimentaria que comprime sus márgenes para no trasladar la subida de precios. Nuestros operadores llevan meses aguantando la tensión, y absorbiendo en sus cuentas lo que todavía no vemos en las nuestras. Pero los diques tienen un límite, y los análisis coinciden: después del verano, la inflación alimentaria llamará a la puerta. Los primeros avisos ya están aquí: la carne de vacuno ha subido un 13,2% en un año; el pescado fresco y congelado, un 14,1%. Y el escenario más probable, como señalo, es que la inflación en alimentos –ya en +3,4%– suba significativamente a partir de julio-agosto.

Las instituciones no hemos estado quietas. El Gobierno Vasco ha desplegado un escudo de más de mil millones de euros; las Diputaciones Forales han inyectado 540 millones de liquidez; el Gobierno de España ha aprobado ayudas al gasóleo profesional y a los fertilizantes. Son medidas necesarias. Pero seré honesta, no son suficientes. Algunas expiran el 30 de junio, justo cuando el sector más las necesitará. Y otras requieren reformulación para que muchas explotaciones de Euskadi, las más pequeñas y las que sostienen el paisaje, puedan disponer de apoyos. Por eso hemos pedido al Gobierno de España continuidad en las ayudas y corrección de sus defectos, y por eso defendemos en Europa la activación de los instrumentos que ya demostraron su eficacia tras la invasión de Ucrania: la reserva agrícola de la PAC, el alivio temporal de las cargas que hoy encarecen los fertilizantes, o la rebaja – a la vista de las subidas anteriormente mencionadas – del IVA en carnes y pescados. No pedimos privilegios; pedimos coherencia y anticipación.

Hay quien piensa que la alimentación es un sector más. Se equivoca. Es la primera de las seguridades, la que precede a todas las demás. Un país que no cuida a quienes producen sus alimentos externaliza su futuro y queda a merced de cualquier tormenta lejana. La seguridad alimentaria no es nostalgia rural: es política de Estado, también en clave vasca. Por eso este Gobierno defiende la voz de nuestro sector, ante Madrid y Bruselas, con datos, con propuestas concretas y con la legitimidad de quien conoce el terreno que pisa. Porque defender al sector primario hoy no es defender un colectivo, sino es defender la despensa, la salud, y el bolsillo del conjunto de la ciudadanía.

En Euskadi cada mariposa que vuela sobre nuestros prados es la prueba de que ese cuidado existe y funciona sabemos que cuidar lo pequeño –un prado en flor, una explotación de tres hectáreas, la descarga de un barco al amanecer, o un pequeño elaborador– es la forma más segura de amortiguar los huracanes que otros desatan. Que nadie lo dé por descontado: detrás de nuestra calidad de vida hay personas que madrugan a diario para que este ecosistema siga vivo y nosotros comamos.

Protegerles a ellos es proteger lo que somos. Y mientras sepamos cuidar este ecosistema, habrá futuro en nuestras mesas y en nuestra calidad de vida.

Consejera de Alimentación, Desarrollo Rural, Agricultura y Pesca del Gobierno Vasco