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Colaboraciones

¿Amistad y solidaridad en la empresa?

Al entrar cada mañana en el lugar de trabajo, solemos dejar en la puerta preferencias personales e incluso preocupaciones familiares. Ponemos entre paréntesis opiniones políticas y religiosas e incluso nos olvidamos de problemas privados para ponernos en actitud de colaborar en el equipo. La vida económica ofrece un “terreno neutral” para la colaboración.

Esta imagen choca a veces con la realidad de unas organizaciones deshumanizadas, en las que unas exigencias de rentabilidad avariciosas, una gestión mecánica de las relaciones humanas, o el aislamiento impuesto por la tecnología dejan a muchos olvidados en un rincón –los Bullshit Jobs de David Graeber (2018)– o provocan crisis de burn-out con graves heridas psicológicas. Ocurre, pero no siempre.

En su libro Reinventar las organizaciones (2014), Frédéric Laloux describe cinco etapas de las organizaciones, desde la roja – tribus ancestrales o bandas mafiosas dominadas por un líder autoritario -, pasando por la estructura piramidal donde manda la antigüedad (ámbar) y la estructura industrial moderna regida por la meritocracia (naranja), hasta la verde en la que se cultiva la cultura empresarial y la participación de los empleados. Como aspiración hacia un nuevo paradigma, Laloux anuncia las organizaciones teal (turquesa) en las que reinarán la autogestión, la “plenitud” y la colaboración en un propósito evolutivo: organizaciones planas, con roles flexibles y transparencia radical, basadas en la confianza y en el desarrollo integral de las personas.

¿Realidad o utopía? Cabe recordar unas líneas iluminadoras de la encíclica Caritas in Veritate de Benedicto XVI: “La doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después» de ella” (n. 36).

Los psicólogos del trabajo saben las condiciones necesarias para una buena colaboración en equipo. Todo directivo sabe cuánto importa la motivación hacia objetivos comunes. Pero ¿la amistad? ¿la solidaridad?

La abstracción del homo oeconomicus nos hace ver el interés pecuniario como motor único de la empresa. Es cierto que esto hace posible alcanzar en las organizaciones unos hitos sin precedentes. Pero es una abstracción: las personas, en el trabajo, siguen siendo humanas, con toda su riqueza relacional. La capacidad de autocontrol por respeto a los demás, la solidaridad que cuida del prójimo son realidades, prontas a invertirse en el equipo de trabajo. Esas fuerzas se movilizarán para el desarrollo y la continuidad de la empresa o de la organización, es obvio. Y ello no exime de discernir éticamente en qué y cómo se trabaja, qué utilidad social tiene el producto o el servicio prestados, cómo evitar que dañen al medio ambiente o a la salud… Pero al contar con la capacidad humana plena de las personas, la empresa hará que la responsabilidad social deje de ser una categoría externa e inspire cada proceso y cada decisión. Y los trabajadores se sentirán orgullosos de su trabajo.

Expresidente de la Fundación vaticana Centesimus Annus y colaborador de la Fundación Arizmendiarrieta